Ushpizin, los propios.

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Fiestas de Sucot. Se celebra la cosecha, recibir la Torá, haber recibido milagros al cruzar el desierto, que haya un año lluvioso.

 

Sucot es una festividad compleja. Hay en ella casi de todo se puede encontrar, discernir, simbolizar. Le dicen “Fiesta de las cabañas” o de “los tabernáculos”, porque durante la huída de Egipto el pueblo hebreo estuvo rodeado de precariedad, así como de constantes milagros. Tiendas o chozas fueron la vivienda durante una generación vagando por el desierto, con tormentas de arena y lluvias torrenciales y escasas, temperaturas extremas y escacez de agua y comida. Se le quiere dar un contenido social y contemporáneo y por ello se recuerda que al comer y dormir una semana en una tienda con techo de ramas y hojas de palma nos recuerda lo temporario y frágil de todo lo material, propiedades y riquezas, autos y casas, objetos caros y símbolos de status social. De pronto vienen los nazis o la Inquisición y tienes que salir disparando con lo puesto, y con suerte echar un par de calcetines en un bolsillo a plena carrera. El espejismo del Poder y lo precario de la existencia. Pero esta fiesta es también la “Fiesta de la recolección”, o de las cosechas, ya que se cosechan los cultivos de verano, como las aceitunas, el algodón  y el maíz, antes que lleguen las lluvias. Pero no suficiente causa de fiesta se le llama a Sucot “el tiempo de la alegría” o “La Fiesta”, ya que hay que celebrar al final el haber terminado la lectura anual de la Torá, es decir La Ley, que regirá con sus variantes las costumbres, modos y valores de todo occidente.

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La precariedad, toda una institución humana.

Otro aspecto es que uno debe ser hospitalario especialmente en su tienda de Sucot, se esperan invitados llamados en arameo bíblico “Ushpizin”, y mal traducido a cualquier lengua, huéspedes. Digo que mal pueden los idiomas modernos traducir este concepto ya que se trata de visitas espirituales, de huéspedes de otra dimensión que vienen a la nuestra si estamos abiertos a compartir con ellos y hacerles un lugarcito. Es decir que al compartir en la choza una comida con necesitados y pobres, con viudas y huérfanos, con amigos y parientes- y hacerlo con gusto y alegría, de corazón a corazón- quizás entonces lleguen algunos de los 7 Ushpizin, los “padres fundacionales del pueblo hebreo”.En las palabras de Maimónides (Leyes de los festivales 6:18), “cuando uno come y bebe, debe también alimentar al extranjero, al huérfano, la viuda, los otros desafortunados. Pero quién traba las puertas de su patio, y come y bebe con sus hijos y esposa pero no alimenta a los pobres y las almas necesitadas–ésta no es la alegría de la Mitzvá sino la alegría de su vientre… “. Ergo, el avaro y egoísta no recibirá a los pastores celestiales y sus bendiciones. La Mística Hebrea ( Kabalá) explica que cada uno de los 7 días tiene su visitante, y éste su atributo. Quien da, también recibe (principio que los católicos reciben en la Misa bajo el “¡¡ Sursum Corda !!”: abrid con alegría los corazones). Según el cabalista Libro del Zohar, estos son los Ushpizin y sus atributos:

1r Día: Jesed — la cualidad de “benevolencia” o” Amor“—personificado por Abraham.

2do Día: Guevura–“Alojamiento,” y “disciplina”—incorporado por Isaac.

3ro Día: Tiferet–“Belleza,” “Armonía“y”Verdad“–la Sefira de Jacob.

4to Día: Netzaj–“Victoria” y “resistencia”–Moisés.

5to Día: Hod–“Esplendor” y “Humildad”–Aarón.

6to Día: Iesod–“Fundación” y “Conexión”–Joseph.

7th Día: Maljut–“Soberanía,” “Receptividad” y “Liderazgo”– David.

Estas son las siete “sefirot” o las energías divinas que los Ushpizin nos nutren con su visita. Hasta aquí someramente sobre esta fiesta polifacética de Sucot. Personalmente no crecí en una casa religiosa, sino mas bien lo contrario, y conocí las fiestas del Calendario Hebreo tarde  y maduro. Me gusta Purim, porque me recuerda a los carnavales del sur austral, de mi infancia. Y por igual principio no me alegré jamás en Sucot, ni esperé huéspedes en desgracia, necesitados ni a los pastores espirituales. Pensar en precariedad, es recordar mi infancia, en ese conventillo sin agua caliente, y algunos días del año, sin agua en pleno verano. En las grietas de las paredes del piso al techo, donde arañas y otros insectos entraban y salían a gusto por las noches; en los días que iba con mi padre al colegio, con la cabeza gacha durante toda la reunión con la directora, cuando mi padre explicaba que no teníamos el dinero para pagar la cooperadora y pedir una rebaja. Recordar los días de Reyes en enero pidiendo una bicicleta hasta que mi madre me dijo un día que los Reyes Magos no existen, son los padres, y no había dinero para una bicicleta.

conventillo-de-la-boca-rodriguez-adamiConventillo- postal de Enrico Adami.

Pero la precariedad no solo existe, es inherente a la fragilidad humana, y es bueno tenerla en cuenta. Este año fallecieron de golpe 2 tíos, los mas jóvenes de la cadena de hermanos de mi padre. Estuve pensando en ellos, en su legado, en sus vidas intensas. De algún modo pasaron a ser mis Ushpisin este año: vinieron a visitarme con sus recuerdos, frases y sonrisas. Con su legado espiritual. Pero en plena fiesta de Sucot se sumó otra tía más, y no joven en absoluto. La tia Rosa tenía 97 y estaba convencida que Dios le tenía reservado el favor y gusto de bailar con sus bisnietos en su cumpleaños 100. De hecho, nos convenció a todos de ello. Por ello, cuando falleció hoy a la mañana, aún despues de unos días en coma y con oxígeno, fue un golpe. Racionalmente se escucha estúpido, y quien no conociera a Rosa diría “Hombre, con 97 años …¿qué quieres?”. Pero si alguien podía levantarse de una muerte clínica, sentarse en la cama y pedir un té con torta, y pedir que cierren la puerta por la corriente de aire, esa era la tía Rosa. No sólo capaz de algún milagro: ella era un milagro. Recuerdo cuando la segunda guerra del Líbano, en que misiles caían sobre Haifa, toda la familia intentó infructuosamente que dejara su casa para ir mas al sur, a un lugar mas seguro. Pobré mi suerte también por teléfono: “Tía, dejate de joder, que nadie va a dormir tranquilo si te quedas en Haifa !!”. Ya había pasado los 90, y vivía sola, se cocinaba, lavaba la ropa y hacía sus compras. Pero sobre todo tenía la sabiduría que la vida otorga, a golpes. “Mirá, yo sé qe están preocupados, pero a mí los cohetes no me asustan. Lo sobreviví a Hitler, lo sobreviví a Stalin, y tengo ganado vivir y sentirme cómoda. En mi casa sé donde está cada cosa, de un alfiler a una pastilla, y quiero poder poner los pies sobre la mesa si me viene en gana. Eso lo puedo hacer solamente en mi casa, y que los terroristas y sus misiles me perdonen.” Y es que era imposible no solo convencerla sino ganarle a su lógica, lúcida hasta la carcajada. En cada llamada finalizaba con su paquete de bendiciones: ” Que tengan mucha salud, mucha alegría y mucha prosperidad. Y que nos veamos pronto”. A veces queriendo ver si su mente conservaba su filo le preguntaba :”¿Y tía, es importante que tengamos todo eso y en ese orden?”  “Seguro,” afirmó del otro lado de la línea,” si no hay salud, no puede haber alegría. Se está todo el día preocupado, y con el tiempo el dinero y la prosperidad se van entre médicos, medicinas y no poder trabajar. Así que tengan salud, alegría y prosperidad, eso es”. Respuesta de alguien con 95 años.

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Explicando donde estaba su casa en una foto de archivo en Pshewortz.

Pero esa perseverancia era también conección con lo vital, con la Vida plena e intensa. Cuando su joven esposo Noaj llegó herido del frente, en la guerra maldita contra los nazis, los médicos soviéticos dijeron que moriría de la infección. No había suficientes medicinas, y aunque soldado del Ejército Rojo, era refugiado polaco y judío, y mas de un ruso no lo veía como un soldado que se jugaba la vida para defenderles sino como un intruso que les robaba la ración de pan a sus hijos. Entonces Rosa apeló a su sabiduría del género humano. Aunque vecina, amiga, novia y luego parte de la familia, ella recibía  regalos de sus primas en Berlín, cosas que eran algo excéntricas para ostentar en un “shtétl” o pueblito judío. Pero con o sin guerra una mujer conserva el instinto femenino de la coquetería, y así Rosa cambió unas medias de seda, por penicilina. Así se curó la herida, y se salvó Noaj. Una lección sobre valor y precio.A veces la familia cercana viajaban, y entonces íbamos a visitarla y a veces a sacarla a algún restaurante. Reconozco que soy de buen comer, pero la tía Rosa podía llegar a estar a la par mío, disfrutando de sus milanesas o pasta, y por supuesto sin esquivar un contundente postre con crema o dulce de leche. Su pequeña apariencia engañaba, y gozaba de cada bocado, en lo que me dijeron que es un síntoma unívoco de salud mental en los adultos: el buen apetito. Tomando el café después de una comida opípara se nos quejaba que el médico quería que deje de comer tantos dulces. “¿A uds. les parece?” Y la verdad que no, de que vale el mejor café sin una buena torta al lado…

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Disfrutar cada instante, hacer de cada momento una fiesta. Celebrando en Montevideo.

 

Estuvimos visitándola y almorzando con ella hace 2 semanas, para saludarla por el Año Nuevo 5777. “Aguit yiur tía !!” Se le iluminó la cara ” Por fin alguien que se acuerda de como se llama al Año Nuevo (en idish)”. Como siempre, comimos, charlamos, nos reímos. Cuando Debi comentaba sobre los problemas del sistema educativo, Rosa preocupada le preguntó “¿Pero estas cosas tienen solución, no?”. “Sí Rosa, por supuesto. Vos no te hagas problema. Aparte, ¿quien mejor que vos sabe que todo tiene solución?”. Fue el viernes después de Rosh Hashana, el Año Nuevo. Se la veía con menos apetito, con algo de tos, pero así es la vejez, con días mejores y peores. En el Kippur, unos días después, se desmoronó. Perdió el conocimiento para ya no recobrarlo. Si abría de apostar por alguien para salir de percances apostaría por Rosa y no por Houdini. Pero no fue, no esta vez.

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Hace exactamente 2 semanas, celebramos el Nuevo Año en su casa. Impensable-

Pasado mañana será enterrada, en la mañana de la segunda fiesta de Sucot. Seguramente ya estará desde Kippur en companía de su bienamado Noaj,”el tío generoso” de Montevideo. Y ahora quedan otros varios días para reencontrarme con los tíos y tías que me abandonaron en estos últimos meses. Mis “padres y pastores” familiares. Tu atributo tía es  básicamente, de Alegría de Vivir, de hacer intensamente, con placer, con gozo, con ganas y energías positivas. Cada día tiene su amanecer, y su promesa de algo mejor. Aunque desde ahora me visitarás como Ushpizin, tu memoria y atributos son una fuente de inspiración, de ejemplo a seguir, de vivir con intensidad y dignidad, mas allá de tragedias y Holocaustos que el camino depare. Chau Tia Rosa, que, donde quiera que estés, tengas mucha salud, alegría y prosperidad.

21.10.2016

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Alegre y Vital, así fué. Una Vida enorme, intensa e inmensa. Festejando el instante, aquí con mis hijos en Jánuca, diciembre del 2015.

 

 

Ricardo Lapin © 2016- Todos los derechos reservados.

 

La celda abierta

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Sé que me observan. Sé que hay motivos para todo lo que me rodea y me sucede, pero no alcanzo a comprenderlo. Si alguien se toma tantas molestias, tanta logística y preparativos para todo esto…algo grande y perverso debe haber tras mi actual presente, y es que no hay herramienta u objeto que pueda darme alguna ayuda en mis limitaciones y, por otro lado, me han dejado una cantidad considerable de cuadernos a rayas para escribir, y un par de docenas de lápices de grafito puro, sin cubierta de madera. Es decir garabatear, dibujar…o escribir. Sobre todo porque son cuadernos a rayas, como de estudios. No tienen nada impreso en ningún idioma ni son hojas lisas, y tapas de cartulina ocre, como papel de envolver o reciclado. Pero me voy a los detalles, así que, antes que enloquezca, trataré de dejar testimonio de lo que vivo. De usar la memoria, la lógica, facultades cognitivas, ahora que el pánico inicial dió lugar a la resignación y aún al enojo. O sí que me he salido de la vaina con todo esto, ¡¡ sobre todo porque no tiene goyete!! Porque se debe tratar de un error, aunque con tanto esmero en los detalles…quizás no, quizás la cosa va conmigo a pesar de todo.

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Digo -me digo- que no tiene lógica porque no soy un extremista, ni he dicho o hecho algo ilegal, o políticamente no formo parte de ningún partido u organización. Por supuesto que soy de izquierdas, con orgullo y pedrigué, hijo de un socialista que se jugó la vida defendiendo a tiros la Casa del Pueblo de las antorchas nazis, o colegios judíos y bibliotecas del partido socialdemócrata, entonces en Argentina había un solo partido socialista, y luego estaban los comunistas, pichichos de la Unión Soviética.Y a diferencia de mi padre, que por su ideología se batió a tiros con los matones de la Alianza Libertadora Nacionalista y la policía de Orden Político, que supo cárcel y largo exilio, yo soy un nabo y un don nadies. Quizás los tiempos cambiaron y no hay un Hitler o un Stalin por combatir, quizás sea más cobarde que mi padre, y quizás la realidad y el entorno no justifican empuñar un arma. Escapé de la Junta Militar antes de que fuera demasiado tarde, llegué solo a Israel allá por 1978, y luego seguí una trayectoria casi como cualquier hijo del vecino: a los 18 entré al ejército, fuí rodando por sus trayectorias sin idioma y sin entender del todo lo que sucedía alrededor, llegué a la brigada de paracaidistas, pasé una guerra, luego vendrían otras en el servicio como reservista. Del colegio internado de Inmigración Juvenil llegué a un kibutz, donde gané una casa y familia adoptiva, salí de estudios académicos. Conocí otros refugiados como yo, de Sudamérica pero de muchos lugares más. Ser hijo de una sobreviente del Holocausto me preparó para sobrevivir circunstancias y escollos de la Vida, para hacerlo pragmáticamente. Por otro lado y como dice el proberbio: no hay mal que dure sin daños. Me acostumbré a ser un sobreviviente, a que en la Vida vivir intensa y apasionadamente, es algo de las películas y no de la realidad que cae cada tanto como esas bolas de acero contundente que demuelen edificios. Por esa educación espartana socialista y esa ignorancia obrera crecí en un conventillo sin agua caliente y, en días de extremo calor porteño, a veces sin agua por baja presión. A cargar baldes en los vecinos de la planta baja y llenar en parte el tanque de agua de la terraza, casi 3 pisos de escaleras con los baldes, mi padre y yo, para tener agua en la canilla o el inodoro. Sin enojo ni pasión alguna: eso es lo que había, y esto es la supervivencia. Y luego se te muere un amigo adolescente en el ejército, y todos llorando como perros a tu alrededor, y uno siente un viento polar en las entrañas que seca la boca y las lágrimas. Recibí del cabo la orden de ordenar el equipo de Claudio para devolverlo al depósito de materiales militares. Entré a la carpa de campaña, armada con 2 mantas-la de Claudio y la mía-, y recibí la comprensión práctica de la muerte, de la ausencia: allí estaban su casco y su bolsa de dormir, su arma y su bolso civil, y ya no habría más charlas nocturnas, ni confesiones en la oscuridad, ni más nada. No más Claudio. Por primera y última vez la angustia y el vacío se apoderó de mí, y pude llorar histéricamente, un poco. No pude volver a hacerlo ni con heridas jodidas, ni con situaciones límite, ni ante abismos de tristeza y pérdida. Ni siquiera al ver a mi madre con su segunda pierna amputada, retorciéndose de los dolores. Es lo que es la supervivencia: hacer de tripas corazón, y quizás en algún momento habrá una descarga, el enojo se convertirá en tristeza, o llegará una experiencia de resilencia y apoyo. Pero todo comenzó en ese conventillo de agua helada en invierno, de espesas inyecciones de penicilina cada mes, aprendiendo a convivir con el dolor, a relajar y no oponerse porque lo duplica, a dejarlo pasar a través de uno. Luego vienen las explosiones, la metralla y el humo, y toda la preocupación es guardar munición y agua para las próximas horas. Hacer de tripas corazón, y seguir adelante. Esto es lo que hay, sin fantasías ni escondrijos mentales. Un día tienes una mujer o te llega un hijo, es casi difícil respirar de tantas corazas y cicatrices. Es la mierda de realidad, de karma de los sobrevivientes. Y de los hijos de sobrevivientes. La culpa, pero al fin también esto es lo que hay y se sigue adelante, erguido con todas las jorobas y con todas las corazas.

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Si hubiera percibido algún peligro me habría preparado y lo habría enfrentado. Soy paranoico, es mi código genético. De mi padre asumí como siempre el decía en plena dictadura militar: “si vienen los nazis a llevarme, me cargaré unos cuantos conmigo”. No es ideología, es parte de esa supervivencia, de uno, de la prole: morir matando. Quizás de ese ADN que llega a los jázaros, esa tribu guerrera que detuvo a los hordas de hunos y  califas. Pero soy un gran individualista, y aunque buen soldado-tambien esto es supervivencia- odio que me den órdenes si el superior es un inepto. Soy por lo tanto un pésimo subordinado: discuto, evalúo, y no cumplo del todo las órdenes si me parecen que no merecen mi respeto. Pero pasé no pocas tormentas y comer vidrios en mi larga carrera militar. Jamás me callé- lo reconozco- lo que pienso ganando enemistades y antagonismos. Con todo, diciendo claramente mis opiniones, no las considero extremas ni a mí un extremista o desaforado, muy al contrario: actúo bastante neutro de pasiones. Comer una cena de latas cerca de Beirut sin saber si estaré para el almuerzo siguiente, hace mariposas en el estómago, pero jamás me neutralizaron estas cosas. Cuando una vez salí mal de un avión”Hércules” y las cuerdas del paracaídas se cerraron como un embudo, instintivamente pataleé girando en sentido contrario al nudo y en unos segundos salí del trance sin entrar en pánico y sin abrir el paracaídas de reserva.

Con toda esta presentación y análisis parcial de mi persona, vuelvo a mi presente y a mi situación. Es hora de escribir que estoy preso, prisionero, pero no sé de quién y peor aún, por qué. Sé de miserables que puedo haber herido de palabra u ofendido su ego en un intercambio de palabras, pero esto es demasiado grande para algo así. Un delincuente o mafia no perderían recursos en mí, o al menos no de este modo. Estoy encerrado, no puedo escapar, pero paradójicamente, estoy encerrado en una playa. Detrás mío un acantilado escarpado-jamás fuí a trepar montañas y mis brazos no pueden sostener mi peso colgando de un risco-, por delante el mar infinito, con olas refrescantes y eternas, pero esto tiene un ancho de 20 metros aproximadamente: por cada lado de la playa ésta está obstruída por una pared de aluminio de casi 5 metros de altura, perpendicular al acantilado y que penetra dentro del mar varios metros. Luego continúa mar adentro y en línea recta una hilera de columnas de metal, con una base de cemento en el fondo marino y que se elevan varios metros sobre el nivel del mar, sosteniendo una red metálica que avanza mar adentro al menos por un kilómetro. Seguramente haya cámaras qe me vigilan, pero no las he descubierto, deben de ser pequeñas y estar bien camufladas. Los muros metálicos hierven de calor durate el día y son imposibles de trepar durante la noche. La red metálica dentro del mar es imposible de romper así como de trepar y saltar al otro lado: en su parte superior el alambrado está tumbado hacia el interior y deja ver alambre de púa, estirado y quizás electrificado.

No sé si estoy en una isla, o cual es el mar que me enfrenta. Hay algo perverso en esta inmensidad infinita de lo oceánico y el convertirlo en claustro, entre el placer de la caricia de olas saladas y el llevar ya varios meses aquí, sin saber la causa. En estos 20 metros de playa hago ejercicios, meditación, nado, trato de llevar una rutina sana ante todo, para no enloquecer. Ya he golpeado los muros metálicos hasta casi destrozarme una mano, y siento que me observan de algún modo. Hay una choza pequeña de paredes y techo de hojas de palmera datilera trenzadas, con una mesita de madera con una pila de cuadernos y lápices, y un sacapuntas de metal: su hoja de metal no tiene tornillo sino que está soldada. Es decir es imposible de desarmar o cambiar, lo único cortante en mis manos. Completan el mobilliario una tabla de casi 2 metros de largo por medio metro de ancho que es mi cama, y que me separa de la humedad de la arena. Tengo una camisa y un pantalón largo, ambos ya percudidos por la sal, y como esto parece llegar a ser una versión moderna de El Proceso de Kafka en simbiosis con Robinson Crusoe, empecé a andar desnudo durante el día hasta los horarios de calor, y luego descansar en la choza hasta que el sol decae. Entonces duermo, escribo, y trato de sobrevivir esta nueva experiencia y circunstancia. Siento mi cuerpo ya rojo del sol a pesar de huir en lo posible de salir de la sombra entre las 10:00 y las 17:00. Esto es a ojo: no tengo reloj, ni zapatos ni nada. Trato de evitar las ampollas y las heridas gratuitas, como me pasó golpeando una noche la pared con furia. Mi rutina es larga a nivel de tiempo y mis captores no dan señas ni señales de querer mostrarse o decirme que quieren de mí. Se vé muy hedonista para ser una prisión, pero de hecho lo es y por ello creo que tratan de quebrarme de algún modo. ¿Para qué y por qué? Tengo que esperar que jueguen sus cartas para saberlo, por de pronto mi rutina es llevar la cuenta de los días, quemar las largas horas de sol en la choza durmiendo, meditando, cantando. He rescatado de mi memoria canciones de infancia y otras de modas pasadas. A algunas que recordaba alguna estrofa y la melodía las rellené con letras propias, que inventé. Tengo ya un cancionero de mas de 700 canciones que recuerdo y canto, divididas en folclore, idiomas, autores, y épocas de mi vida. He casi rescatado todas las canciones de los 2 primeros discos que tuvimos con el Wincofón de casa: el “Disco de oro de Rafael”, y otro LP de”Canciones de la guerra civil española y La resistencia”. Lamento saber tan pocas letras de tangos, y hay días que decido concentrarme en himnos de infancia escolar, o nigro spirituals, o autores israelíes. Esto mantiene activa mi memoria y consume bastante tiempo. Otro tanto es recordar días o eventos de mi vida, una especie de imaginación dirigida mezclada con memoria visual. Trato de evitar recuerdos de sabores y comidas, ya que me fomentan el hambre y la frustración. Sí, otro aspecto del castigo en mi actual existencia.

¿Seré un hedonista? Lo dudo, no habría sobrevivido mi infancia de carencias en el conventillo. Pero aprecio calidades y cualidades de sabores y olores, un buen café, un queso ahumado, un vino de más de una década de añejamiento. Aunque sea una vez por década, sé percibir y disfrutar de esas cosas.  Aquí llega el tema alimenticio.  Hay una canilla de agua potable afuera de la choza, de uso de mañana y tarde ya que como todo lo metálico, hierve con el sol al cénit. Un caño de tres cuartos de pulgada, de aluminio, emerge de la arena, cerca de la pared de piedra. Dentro de la choza hay una zona limpia de arena, con varias baldosas cerámicas que rodean una puerta de metal. Ésta se abre todos los mediodías de modo mecánico ( ¿pneumático? ¿mecanismo digital o electrónico?), creo a la misma hora y aparece una plataforma que sube con un plato hasta el nivel de las baldosas cerámicas. En ese plato hay algo proteínico como carne vacuna, pollo o pescado, junto algo energético como arroz, pasta o papas hervidas, acompañado de alguna verdura fresca o fruta. Una vez al día. Una vez no devolví el plato vacío y al día siguiente recibí la comida sobre la nada limpia plataforma, así que decidí devolver el plato de plástico. Nada de cubiertos, condimentos ni elementos que podría fabricar herramientas: la carne siempre deshuesada y sin espinas. Una vez llegó medio coco sin cáscara. Por ello cavando con las manos alrededor de las baldosas descubrí una construcción de cemento armado que debe ser el túnel que trae la comida. No quiero  intentar interferir con mi suministro de agua y comida, si quieren comunicarse lo harán. Si quieren drogarme no tengo modo de saberlo o impedirlo, así yo continúo con mi rutina.

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Por las tardes y noches hago ejercicios, nado un poco pero no muy hondo: ni soy buen nadador, ni sé cuantos kilómetros el alambrado continúa, y se pierde a la vista. Estos malditos no me han dejado ni mis anteojos, lo que me obliga a escribir con letra grande y hacer pausas por el dolor de cabeza del esfuerzo, pero como entendéis, no es problema el tiempo. Cuando amanece y atardece no veo el sol, lo que me hace imaginar que no estoy en un mar que apunte hacia oriente o poniente…y especulé con un mar artificial y salado, con algo de realidad virtual como en las películas de ciencia ficción, pero todo esto es , además de muy loco, muy concreto. Mis heridas sangran, la roca es dura y la arena hierve al mediodía, pececillos llegan a la playa en las zonas poco profundas. Hay nubes pero no he visto pájaros: mala señal. De noche miro las estrellas y me lamento de no haber aprendido mas de ellas, de las constelaciones. Tengo en claro que es el cielo conocido de mis últimas décadas, del hemisferio norte. Por las noche hace frío, y la humedad cala los huesos. Me obliga a poner al sol todos los días a los cuadernos. Intenté cavar pozos por las noches para descubrir quizás cables o infraestructuras cerca de las paredes metálicas, pero sólo arena y caracoles aparecían. A mano limpia no logré hacer pozos muy hondos, en determinado momento hice zona de juegos a los pozos (saltar de uno a otro, esconderme de probables cámaras, etc.). Con el tiempo pasaron a ser mis letrinas y pozos ciegos, y así los fuí cerrando.

Trato de llevar mi mente hacia atrás, de rebobinar la película de mi vida y ver qué hice equivocado en la etapa previa a mi llegada a “la playa”. Lo cierto es que no puedo decir fehacientemente “aquí metí la pata!!” o señalar un punto de inflexión, un antes o después. Todo sucedió en forma rutinaria, paulatina, sin ruido ni golpes de estado. Sin duda hay atrás de todo esto, el aparato de seguridad del estado. Pensé en experimentos médicos, para alguna nueva droga o conducta, pero no son cosas individuales, y una celda es relativamente simple cuando hay decenas en un edificio. Aquí no tengo vecinos en igualdad de condiciones del otro lado de las paredes. Nadie ha contestado a golpes ni gritos. Aún si tuviera una botella que flote indestructible sobre las olas lo mas probable es que quede atrapada entre las extensas redes metálicas.

Lo cierto es que para desgracia nacional, la derecha se enquistó en el poder. De la izquierda surgían voces de una desesperada necesidad de paz, pero los miembros de una izquierda menos ideológica y mas pragmática, llegamos a la conclusión que no hay con quién hacer paz, en esta generación al menos. Cuando uno habla de devolver zonas conquistadas, para los otros ese concepto pasa por la devolución de todo milímetro absolutamente, como desde antes de la colonia británica. Traer millones de refugiados, originales o no, desde el Sahara al polo norte. Y todo esto en fin, no para paz sino para venganza, para limpiar la afrenta de todas las derrotas, del escape o la expulsión y la posterior ocupación militar.Ergo, no hay deseo alguno de arreglo, de renuncia a algo, de terminar con las guerras y la espiral de la muerte. Y la tragedia es que nosotros, la izquierda no alineada y asqueada de los políticos, se quebró de su esperanza de una paz precisamente por nuestros conocidos palestinos, que sin cámaras u ojos ajenos, confesaban sus deseos profundos e intenciones genuinas, su profundo odio aunque lo cotidiano exija pragmatismo y convivencia, decir una cosa a la izquierda académica, educada e impotentemente ingenua, que declarar a la prensa árabe sus reales pasiones. Y cuando tras un cálculo de lo que seguir ganando te tiran a rajatabla  que en realidad te están y estuvieron usando, y que con placer te quisieran ver nadando hacia alguna orilla lejana, pues entiendes que no hay paz posible hoy. Lo que no quita la desgracia de los mesiánicos, de los colonos que se creen raza de Señores y la derecha que ha vendido la nación a unas 10 familias de multimillonarios, a delincuentes económicos de la importación y la construcción, dando favores y comprando coimas. Y sucedió que entre elección y elección, fueron borrando cuanto baluarte era aún librepensante o “zurdo”: las cadenas de radio y de televisión, los periódicos y periodistas. Y cuando de pronto alguien va a la calle sin opciones laborales, piensa dos veces en la ideología y una en la familia. Los periodistas opositores fueron menguando, los medios de difusión críticos al gobierno cerrando por problemas financieros, y el diálogo político cada vez mas violento. El diálogo se hizo monólogo un buen día. Nadie imaginó que lo que el gobierno turco hizo antes con opositores, universidades y periódicos, el gobierno lo haría aquí, y por medios sutiles, democráticos. Siempre recordé que Hitler ganó por elecciones, que fue acuarelista, vegetariano y quería a su perro. Y es que el país estaba tan dividido, corrupto, polarizado entre ricos y pobres paupérrimos, entre religiosos cada vez más numerosos y más fanáticos, que cada quien se aferró a su burbuja y su apatía. Una ministro tras otra pulverizaron todos los organismos culturales, enviaron presupuestos y premios a “artistas de derecha”, y fue al fin, la cultura de jingles de televisión, de programas “reality show”, de cantantes pseudoreligiosos, románticos y exclusivamente orientales. Uno a uno los muchos programas satíricos cerraron sus puertas y sus protagonistas emigraron o se encontraron empleados de bares u oficinas. Realmente no sorprende la imbecilidad humana, ya que uno decía, “no aquí no puede haber una dictadura, somos la única democracia en la zona…”Pero la policía apaleaba a los etíopes, que servían en las unidades de élite pero les prohibían la entrada a los pubs, gentes de negocios allegados al gobierno copaban museos y teatros, las ONGs eran acusadas de traidores pagados pr el enemigo y puestas fuera de la ley, y por fin llegó el turno de la Suprema Corte, cuando los colonos consiguieron presionar y echar a la última jueza que no se dejaba sobornar ni presionar, aún con la bomba que le quemó a su hija.

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Creo que era posible imaginar que habría un control autoritario, pero todo seguía su rutina aparentemente: se viajaba al extranjero, los start-ups continuaban el éxito del israelí de alta tecnología, símbolo mundial. También los premios nóbeles, que asomaban el hocico de sus laboratorios y escritorios, es decir…seguíamos siendo el pueblo del Libro !! Y sí, de prohibir libros y canciones se prohibió toda crítica. Todo fue lento, meticuloso, y democrático. Una ley y otro edicto, una prohibición y otro giro de tuerca contra derechos y libertades…y uno ocupado con el test próximo del auto o la situación del “minus” en el banco. Con todo, me sorprende que me apresen a mí: no pertenecí a partido u organización, y es cierto que siempre critiqué la dirección fascista del gobierno y sus ataques a opositores, intelectuales y artistas, pero lo mismo ataqué a los impotentes imbéciles de supuesta oposición, y a la izquierda de la torre de marfil, que criticaba al populacho ignorante sin bajar a revisar sus sentimientos y sus pasiones, su odio alimentado por el gobierno a “la izquierda traidora y parásita”. Pues bien, ví algunas caras desencajadas de oírme llamar al primer ministro dictador, al gobierno dictadura fascista y algunas cosillas más, pero como simple ciudadano que paga impuestos y comió su mierda como ametralladorista en décadas de servicio combatiente, siempre dije lo que sentía.  No me veo líder de nada, máximo…un mal ejemplo. No lo entiendo, que se la agarren con alguien tan insignificante como yo, qué tipo de amenaza es llamar al gobierno por su nombre. Todos lo saben.

Pero lo mas increíble es que no hubo aviso previo, o seguimientos que habría percibido, soy paranoico por partida doble, lo juro. Simplemente un día fuí a renovar mi cédula de identidad. En el municipio me dijeron que debía hacerlo en Ramle, la central regional. Pues viajé hasta Ramle, llegué al edificio blindado donde están las oficinas gubernamentales ( impositiva, seguro nacional, ministerio del interior, etc.) como durante tantos años, los guardias sólo me pidieron documentación, pero nadie me indicó cual de los 6 ascensores tomar. Se abrió una puerta y apreté el 2do. piso para el ministerio del Interior, el ascensor se detuvo en plena subida y de pronto se apagaron las luces. Sentí el sonido de un vapor inyectado y el olor dulzón y alcohólico de una sustancia narcótica. Mareado alcancé a prender la linterna del teléfono celular y apretar el botón de alarma del ascensor. Ya atontado comprendí que era una trampa e intenté llamar a casa, pero el teléfono se cayó de mis manos y perdí el conocimiento.

Cuando desperté estaba acostado en mi choza junto al mar. Quizás me tuvieron inconciente una temporada en algún lugar. Llegué con barba de unos días. No tenía señas o marcas de inyecciones ni nada. Dediqué tiempo a pensar en cómo me trajeron: si en camilla, si por mar, si alguna pared metálica se abre ( no hay señales de puertas o bisagras), si por helicóptero, de cómo borraron las huellas. De si me vigilan y cómo. Porque de querer eliminarme, para qué tanta infraestructura y comida. Así pues, espero atento y paciente a que se decidan a comunicarme que diablos quieren. Lo que pienso, está aquí todo escrito, ¡¡que se los lleve el diablo fachos de mierda!! Pero aquí viene otra comida, caramba. Pollo hervido con porotos. Hubo una vez una canción que se creó y grabó en una cárcel, llamada “Fasulia”, nombre de los porotos en esta zona. La cancion habla de cada día de la semana que los presos que reciben “fasulia” y al final, para cerrar la semana, otra vez porotos. ¿Será una broma? Miro mi cuaderno-almanaque: llevo 3 meses y tres semanas aquí, descalzo y barbudo. Hoy cierro otra semana, como termina la canción de los presos: “…Fasulia, ha pasado otra semana”. Pero al menos al pollo hervido le han puesto un poco de sal estos fascistas hijos de puta.

Escrito en algún mes de fines del verano (me han secuestrado el 28 de mayo) del Año 2019, en algún lugar del hemisferio Norte, seguramente preso por la dictadura derechista.

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– Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados.

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La “Colina de los cipreses” de Modi’in

 

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Desde que llegué a la ciudad de Modiin, empecé a salir de excursión los fines de semana con mi hijo mayor, un niño entonces, por las colinas de los alrededores. Había aprendido ya en los bosques del suroeste de Francia a pelar una rama como bastón para buscar pozos entre la maleza o hierba antes que el pie caiga en ellos. Valga la distancia y las diferencias, las colinas de Modiin eran interesantes y al descubierto, apareciendo de pronto restos de una aldea abandonada, o restos aún más antiguos, arqueológicos quizás. Cuando algo era especialmente interesante, volvíamos allí luego toda la familia, para hacer un picnic o ver el atardecer. Algunas de “nuestras” colinas ya están ocupadas por barrios y edificios, y hay algunos árboles que fueron estaciones fijas de pausa, descanso y comida bajo su sombra para nuestras expediciones de a pie. Un magro pero adulto olivo fue casi adoptado por nosotros: era placentero en verano o invierno sentarnos bajo su sombra y comer pedazos de coco o almendras y nueces. Hoy una enorme antena de transmisión para telefonía celular está en la cima de esa colina, a unos 20 metros de nuestro olivo, y la radiación ya nos espantó de visitar al árbol y agradecerle el cobijo prestado. Viajando hacia el centro comercial Ligad Centera veces, disminuyo la velocidad y le echo un vistazo. Allí está todavía,  con la ciudad rodeando su colina por varias direcciones.

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“Colina de los cipreses, Khirbat al Rug´man”, acuarela y tinta sobre papel.

 

La colina más imponente siempre fue la “Titora”, con una gran cantidad de historia enterrada y un tamaño relativamente grande, pero la “Colina de cipreses” ha sido y sigue siendo un lugar con encanto, con magia propia, sin restos bizantinos, pozos de agua o restos medievales. Y así y todo, mi lugar. Un lugar para llegar y cargar las baterías, luego de rutina de estrés, de violencia, de odios desatados, de brutalidad y falta de respeto tan gratuitos como innecesarios. Un lugar para sentarse, respirar lento y mirar con ojos abiertos o cerrados. Un lugar que no es propio ni precisa serlo, y no temo revelarlo ya que a la gente  amante de “malls”, internet y TV, no les dirá nada.

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La colina de los cipreses bajo una espesa neblina antes del amanecer.

Cuando la descubrí por primera vez, era viernes de tarde, y llegaba la brisa del mar. El tiempo transcurría sin que uno se dé cuenta. De pronto, ya “entró el shabat” -viernes por la noche-, y a pesar de la proximidad a la ciudad y la aldea de Macabim, parecía como que la colina conectara mundos: ciudad, pueblo, arbusto, campo de trigo, y los árboles de ciprés en la cumbre. Una vez más, llegando a su cima aparece de pronto un paisaje oculto: un hermoso valle con campos, aldeas cercanas y lejanas, las montañas de Jerusalén y la cadena del  Monte Hebrón corriendo hacia el sur. Los árboles maduros en la cima de la colina fueron un hermoso interrogante (¿quién plantó esa masa de cipreses hace unos 70-80 años atrás?), pero ese muro de cipreses separa y une las colinas del valle de Ayalón de Jerusalén. He venido una y otra vez durante todo el año para pintar el lugar, a veces con el fondo del campo de trigo o las casas de Macabim, a veces como un puesto de observación en cualquier dirección, ya que toda vista es interesante cerca de un grupo de árboles que por lo general delimitan huertos o cementerios. No me siento uno de esos personajes con sentimientos “New Age” que abusan de “lo energético” : o que me compenetro con un paisaje o lugar, o que no, y hay una energía muy especial aquí, uno se siente como en una catedral al aire libre. Este tipo de cosas las sentí en unos pocos lugares en el mundo: la “Colina del Belvedere” que domina Florencia, o “Acoma City”, una ciudad sagrada y abandonada en los desiertos de Nuevo México.

 

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“Vista desde el Belvedere, Florencia”, acuarela y tinta sobre papel.

Realizamos allí un Seder de Pesaj en torno a una pequeña fogata y hablamos en familia de la libertad, la esclavitud y leímos la Hagadá bajo los enormes cipreses y las estrellas. El lugar me llama como un imán, y me complace que a pesar de la publicidad, el memorial y la introducción de las instalaciones para los visitantes, su naturaleza se conserve. Mágico de día y de noche, con las tormentas de otoño y los árboles de ciprés y hierbas bailando en el viento, es un lugar que habla a todos los sentidos.

La colina y el campo arado, en proceso y finalizado, acuarela y tinta, 50 X 70 cm.

Por ello cuando  aparecieron los carteles explicando la historia del lugar, era claro que todo son leyendas o conjeturas al menos: había allí un “invernadero” de algún campesino ( Falaj) que plantaba árboles para casas de verano de gente rica, o bien frutales para campesinos. Los restos de una casa de piedra era al parecer una casa de vacaciones de una familia rica, conocida por los lugareños como “Jurbat Um Ruch’man“, que tenía planta baja, primer piso y varias cúpulas, techos tradicionales en casas antiguas y que junto a ventanucos pequeños convertían la casa en un lugar fresco aún en días abrasadores. La cantidad y elección de cipreses coronando la cima es exótica para la mentalidad árabe local: un árbol exige agua, cuidados y trabajo duro ( los sistemas de irrigación eran canaletas  de irrigación que se obstruían y limpiaban de tierra -con azada-para hacer llegar el agua de un árbol a otro, llenando las fosas a su alrededor.

Y que decir que si se invierte agua y esfuerzo, hay que recibir lo máximo posible: frutos comestibles, aroma y color de sus flores, y si es posible de raíces y hojas. Un ejemplo de esta mente mediterránea es la parra: de sus frutos se hace jugo o vino (no los musulmanes), se come como fruta fresca, se seca para pasas, se guardan las semillas para aceite, se usan hojas para comer rellenas de arroz, se usan las ramas flexibles podadas en otoño para hacer canastos. De mas decir que trepan sobre la casa protegiéndola del sol quemante de verano, y queda desnudo de hojas en invierno permitiendo calentar las paredes de piedra con el sol invernal. En la duda de si plantar un naranjo o un granado, el naranjo vencerá pues ambas dan frutos y flores coloridas, pero uno dá perfume y otro no: quien mas me retribuye justifica el duro trabajo y el agua cara. Por ello, llenar de cipreses la cima y las terrazas de la colina es algo mas propio de la Toscana y de la cultura italiana que de la tradición árabe u otomana local: cipreses no dan ni sombra, son “esculturas vegetales”, y como expliqué ya en términos del campesino local, un lujo excétrico y estúpido como el césped, esas estupideses que tanto gustan a los tontos effendis occidentales.

 

Fue una muralla verde que coincidió con la “línea verde ” de 1948, en los mapas de división con los jordanos.Hoy, casi a 300 mts. de altura sobre el mar, la Colina de los Cipreses es un misterio enclavado en mitad del país, entre los valles costeros y las colinas que anticipan a las montañas de Jerusalén. Como un párpado que separa y contacta la visión del ensueño, como la orilla del mar que une y acaricia tierras y aguas en un masaje eterno, vital, regido por ciclos lunares, mareas y vientos, así la Colina de los Cipreses es una última muralla y empalizada vegetal entre la humedad y los vientos del mar, y las secas y austeras alturas jerosolimitanas. En términos actuales, un punto medio entre la libertina, hedonista y plural Tel Aviv, y la rígida, puritana y extrema Jerusalén. Entre lo pagano y lo sacro, entre humedad y sequedad, entre lo mundano y lo espiritual, aquí queda en un recodo del camino que une el Mare Nostrum con la capital de las religiones, una colina con dedos que apuntan hacia los cielos, desde sus raíces profundas, desde un puente que une y separa mundos y realidades.

“Antes de la cosecha”, oleo sobre tela.IMG-20140906-WA0015

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“Cosecha de trigo junto a la colina de los Cipreses”, acuarela y tinta sobre papel.

 

Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados.

Entre Tormenta amarilla y Prensa amarilla: respuesta a Mario Vargas Llosa.

El primer fin de semana de este mes de julio del 2016, se publicaron en el diario español ELPAIS digital, una serie de 3 artículos escritos por el premio nobel sobre la situación en los territorios ocupados de Israel, fruto de una visita de 5 días, planificada, publicitada y documentada con fotos y un vídeo. Le antecedió unos artículos de presentación  de Juan Cruz, de los fundadores del diario. …”El Nobel agarró su libreta, siguió con la gorra que lo protegió del sol y tomó nota de lo que escuchaba. No se separó de la libreta nunca. Tomaba nota con la voluntad y la constancia de un reportero perdido en un hueco del mundo. Quería saber qué ocurre para poder contarlo a una sociedad que, como le dijeron, sólo sabe de Israel y de Palestina cuando hay atentados, intifadas o peleas que comienzan con pedradas o navajas y acaban en reyertas que luego son primera plana de diarios o informativos en todo el mundo”. Otra citata de Juan Cruz :”…buscando “en esos hoyos oscuros del mundo”, como dice Carlos Granés, uno de sus antólogos, “las raíces de los conflictos, para intentar ayudar a que se comprendan fuera de esos pozos difíciles”. Por último una declaración: “…el Nobel dijo a cámara que un escritor no tiene más poder que su palabra, y si esa le sirve para dar a conocer lo que sucede en los lugares que visitó, cumple con su compromiso moral”.

Con esta serie de declamaciones se crea un suspenso y expectativa, cuando recién comenzó la Eurocopa y la atención mundial está en otras latitudes. Pero sucede lo que alquímicamente sucede siempre: cuando Israel es noticia en España, ya están regimientos de ingenuos, desinformados, antisemitas y musulmanes locales echando espuma por la boca, y brigadas internacionales de judíos hispanoparlantes van a batirse contra las noticias generalmente tendenciosas, panfletarias, malintencionadas y a veces claramente demonizantes. El diario ELPAIS tuvo reporteros cubriendo años de conflicto como JUAN MIGUEL MUÑOZ, que abiertamente decía a sus colegas europeos que él hacía “periodismo de ocupación”, es decir noticias propalestinas. El actual periodista Juan Carlos Sanz sigue esa línea pero con mas cuidado y moderación, incluyendo datos israelíes.Hay que también poner en foco que parte de la desinformación europea no es sólo ideológica: reporteros y sus noticias son seguidos por Hamás y Fatah, y en caso de ser demasiado “prosionistas” les cierran la entrada a Gaza, Ramallah o Belén, y pueden recibir amenazas también. Al periodista italiano que cubrió el linch a 2 soldados reservistas israelíes durante los acuerdos de Oslo, le requisaron la cámara, le hicieron un simulacro ( o quizás no) de lincharlo a él, y jamás regresó a Israel como reportero.

Algo distinto sucede con Vargas Llosa, escritor y periodista free-lance, premio Nobel de literatura, invitado por la ONG israelí “Rompiendo el Silencio”. Su fama es mundial, y se declara en compromiso moral de descubrir lo que sucede por estos lares. Se pone la gorra, carga la libreta, y a descubrir los nudos del conflicto.Debo destacar que desde que leí “Conversación en La Catedral”, “La ciudad y los perros” o “Pantaleón y las visitadoras” lo admiré. Seguí muchos libros más, pero a mi gusto los primeros fueron los mejores. Le respeto su compromiso contra la corrpción y los gobiernos populistas, las dictaduras y la falta de libertades, sea con Fujimori, Kirchner, Chavez u otros lugares del mundo. El tema es que en cada vez que visita y se conecta con la realidad de palestinos e israelíes, se conecta con gente que le ofrece UN SOLO aspecto de la realidad. En parte cierto, en parte mintiendo por omisión, en parte mintiendo a medias y en parte del todo. Hay que entender antes de abordar la realidad aquí que se trata de mas de 100 años de conflicto, que hay cuentas pendientes de crímenes lejanos pero nunca olvidados ni perdonados, que hay en cada bando múltiples puntos de vista y mentalidades antagonistas y hasta enemigas, como entre laicos y religiosos de ambos bandos, donde judíos han asesinado judíos (desde alguien por izquierdista a alguien homosexual hasta a un primer ministro por hacer tratados de paz) y mucho mas, palestinos a palestinos ( matar mujeres por cuestiones de honor, cristianos maronitas, homosexuales o la famosa purga luego de las elecciones en Gaza, donde Hamás asesinó decenas de milicianos de Fatah, algunos arrojados desde los edificios mas altos de Gaza una vez prisioneros). Venir a contar el cuento de los buenos y los malos, las víctimas y los verdugos, sean los sionistas o los antisionistas, es una burda canallada. Lo cierto es que en este pantano todos están sucios, si no con barro hasta las orejas.

Todo el mundo tiene opinión, derecho de emitirla, y la internet dá plataforma también a todo ser que cree que no solo tiene algo importante para aportar al universo, sino muy dueño de la verdad. Pues quiero comenzar a referirme y dar una respuesta a Mario Vargas Llosa, explicando en base a que digo lo que afirmo. En primer lugar, vengo siguiendo al diario ELPAIS desde sus ediciones internacionales en papel biblia en la década de 1990. Lo hacía por su sección Cultura, ya que la cobertura de medio oriente era panfletario hasta la náusea, y mas aun porque en aquel entonces aún era reservista en un unidad de paracaidistas, y sabía muy bien lo que sucedía en campos de refugiados o ciudades palestinas. Mucho judío furibundo se sale de la vaina ante cualquier crítica a Israel, a su ejército o gobierno, pero hay mucho para criticar. No demonizar, criticar. Como en toda democracia, muchas cosas se pueden mejorar. Pero el punto son los territorios ocupados, y lo que allí sucede. Hay israelíes que jamás han pisado un campo de refugiados, o que no van a una aldea o ciudad palestina desde la Intifada. No soy el dueño de una verdad absoluta, pero quiero decir que quien no ha servido como combatiente en los territorios ocupados, no tiene idea de lo sucede allí, ni en los asentamientos vecinos. El haber servido como combatiente desde los 18 hasta los 45 años me permitió (u obligó) charlar con palestinos de todo tipo, en la calle y en sus casas, religiosos y laicos, solo hombres por supuesto. He recorrido sus callejas y tejados, patrullado en ciudades de Líbano y Siria, en aldeas y campos de Judea, Samaria y Gaza. Conozco la ciudad de Gaza mejor que Jerusalén o Tel Aviv, y conste que he vivido muchos años en ambas, pero jamás llegué a los rincones del mercado durante la madrugada, o hacer emboscadas entre ratas del tamaño de gatos o sacar familias de sus casas en plena noche buscando “terroristas” . Es decir, no soy el dueño de la verdad pero luego de hablar cara a cara con sirios, libios, beduinos o palestinos, puedo  decir que algo sé de esta materia, y no por- como le sucede a Vargas LLosa- que me lo hayan contado.Lo que un árabe dice en público es una cosa, y su opinión o sentir puede ser otra, ya que le vá la vida en ello, y quien no sabe estas cosas y esta dinámica, no entenderá jamás lo que sucede. Aquí en Israel o en Marraquesh.

Respecto a los 3 artículos: Vargas Llosa vá de la mano de gente que considera izquierda, justos y éticos. Hay algo de todo esto, pero también mucha manipulación. La gente de “Rompiendo el Silencio” no me representan porque soy de los que maldije mi uniforme pero sentí que mi unidad era mi familia y jamás les dí la espalda. Aparte la mayoría de los abusos suceden entre chicos jóvenes, no padres de familia reservistas. Debo aclarar: jamás cometí un crimen, ni abusé de autoridad y aún le paré la mano a mas de uno que lo intentaron, oficiales incluídos. Pero estar dominando población civil, el abuso, la falta de respeto o maldad gratuita es inevitable. Sacar gente de sus camas en plena noche invernal para que un gobernador militar les dé un sermón es abuso, y no permitir a alguien que se declara enfermo pasar un puesto militar para llegar a un hospital, es jodido. Lo básico es entender que la realidad de los territorios no es la de Israel, aunque la influencia en forma directa, y es patrimonio de los colonos, los palestinos y el ejército. Es “otra” realidad y otro país. Pues bien, volvamos a los artículos. Ante todo lo que plantean “Rompiendo el Silencio” es recoger testimonios de soldados, y lo que recogen es la verdad pura, le pese a quien le duela: hay abusos y provocaciones por parte de los colonos, y reacciones y terror por parte palestina.Y soldados que pierden los estribos también. Lo que esta gente no explica a Vargas Llosa, es que el terror existió mucho antes de la ocupación de Cisjordania y Gaza. Tengo mis suegros viviendo en el Kibutz Najal Oz, desde donde se ven los edificios de Gaza. No son territorios ocupados y viven con fedayunes, morteros, misiles y minas desde siempre. En la última guerra aparecieron por túneles y un niño murió de una esquirla de mortero. Ninguna ocupación, pero el odio fue y es constante. Por ello también, la izquierda israelí no me representa: mi familia ha sido de izquierda por generaciones de luchas obreras, de cárcel y exilio, pero no hay partido que me represente, porque entiendo que el odio es desde 1948, no desde 1967, y que hoy no hay palestino que busque una paz. En otras épocas lo creí, pero fueron las charlas con palestinos lo que me convenció que hay demasiado odio hoy para hacerla actualmente.

Hablar de Hebrón sin conocer el contexto histórico, es contar parte de la historia. Allí vivió una comunidad judía centenaria que iba a rezar a la Tumba de Abraham. Sufrieron ataques árabes en 1834, pero el de 1929 arrasó con la comunidad. Murieron 67 y cientos de heridos y huérfanos huyeron a Jerusalén bajo mandato inglés. Por supuesto que además de nacionalismo hubo rapiña, y cuando en 1967 Tzahal llega a las puertas de Hebrón se rinden sin disparar un tiro, sabiendo a la menor provocación vendrá la venganza. Esta llegó bajo la forma de los colonos que retomaron viejas casas de judíos  antes de 1929. Se podrá alegar que es ilegal, que lo pasado pisado, que ya había nuevos habitantes, que no se justifica ninguna venganza…pero desconocer esto es contar la historia a medias. Quizas es políticamente incorrecto, pero les hacen pagar hoy a los habitantes crímenes pasados. Además existen abusos ya que los colonos se creen raza de Señores frente a los palestinos, pero en resumen, nadie es muy víctima inocente. No los pobres hebronenses que asesinaron y robaron ayer y la pagan hoy, ni los soldados que están en medio de ellos y los colonos, algunos fanáticos como el dr. Baruj Goldstein que entró a la tumba de Abraham y mató decenas de gente rezando con su M-16 hasta que lo despedazaron a él. Hebrón es quizas el paradigma del conflicto, pero no por lo que cuenta Vargas Llosa, sino por lo que ignora. Y yo hice horas extra en Hebrón mucho antes que Yehuda Shaul, cuidando lo colonos de Beit Hadassah, al rabino Levinger allá por 1981, patrullando la casbah y el zoco. Me desagradaban los colonos y sus conductas no menos que a Shaul, pero me explicaron también que es lo que los árabes de allí hicieron a sus vecinos. ¿Correcto? ¿Aberración? Yo solo puedo decir que mucho terrorismo no sale de Hebrón – a pesar de ser una ciudad santa por el padre Ibrahim- ya que uno de los clanes mas poderosos de la ciudad son dueños de tambos y fábricas de lácteos que se venden en toda Cisjordania y exportan a Jordania y mas allá. Y el terrorismo trae represalias y es malo para los negocios, así que ellos se encargan de el lío sea mas lejos, no en el camino de los camiones repartidores.

El artículo de los niños es un panfleto alevoso, al punto tal que merece poco y nada de discusión. 2  juristas, una palestina y un antisemita australiano (Salwa Duaibis y Gerard Horton) “investigan” los juicios militares. Si queréis algo sobre la justicia parcial en los territorios lean el libro de David Grossman “La tormenta amarilla” ( en hebreo “el tiempo amarillo”) que describe en su capítulo 7- “Trampa 44”-un juicio con nombres y apellidos de jueces, abogados y presos. Aquí aparece una suma de inventos tan fantasiosos como ridículos, sobre un plan militar “inteligente, frío y metódicamente ejecutado…de intimidación sistemática, astutamente concebido y puesto en práctica de manera impecable. Se trata de mantener a esa población joven, la de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Para ella existen las cortes especiales que vigilan los juristas de esta institución. El método consiste en “demostrar la presencia” por doquier de las FDI”. Como si el ejército patrulla para desarrollar psicosis en los adolescentes….solo falta que diga que se los lleva a juicio porque se precisa sangre de chicos palestinos para la matza de Pesaj. Es tan ridículo que es increíble que Vargas Llosa publique “testimonios” así. Y que decir que piedras y rocas hieren y matan a veces: quien no vió como yo una niña de colonos con la cara y un ojo llenos de astillas de vidrio ( de una pedrada) en emergencias del hospital Hadassa Ein Karem, que venga a hablar de niños terribles.

La aldea de Sussia, como otras de la zona del sur de Hebrón, o como con la ciudad de Hebrón, tienen sus viejas cuentas pendientes con Israel. En plena guerra de Independencia una caravana de 35 jóvenes de la Haganá  llamada  El Convoy de los 35, salieron aún bajo ocupación británica a auxiliar en enero de 1948 a los kibutzim sitiados de Gush Etzion. Un pastor les sale al paso y, luego de discusiones, deciden liberarlo bajo promesa de no delatarlos. El pastor corre a la aldea de Surif y cientos de aldeanos armados, de todas las aldeas de la zona ( Sussia, Samoa y otras) atacan a la caravana que combaten durante horas hasta quedar sin municiones, siendo muertos y mutilados los cadáveres, muchos irreconocibles. Desde 1967, las aldeas de la zona están en la mira de los gobiernos israelíes. Es cierto que no se puede saber quien mató y descuartizó a los combatientes, pero venir a contar la historia de Sussia fuera del contexto de venganzas y cuentas pendientes,  es nuevamente contar media historia. No digo que sea justo o correcto, pero no es mera saña o maldad. Hay toneladas de daño y odio acumulados.

Una vez dicho lo que en su ignorancia Vargas Llosa no cuenta ni le han mostrado, hay de todos modos, también frases correctas. Y una, por desagradable que sea, es que Israel se ha convertido en un país colonialista, y esta Cisjordania que fuera conquistada como cartas par una futura paz, pasa a ser algo que corroe de a poco la moral de sus soldados y ciudadanos. De ser ejército de defensa, todo soldado combatiente se entrena menos para guerras y pasa años sirviendo como guardián y policía de los colonos. Si hay algo que destruirá a Israel algún día serán estos territorios: no sus habitantes ni sus terroristas, sino  el servicio militar dominando población civil. Mas allá de las ideologías. Pero algo que falta en el reportaje de Vargas Llosa- si se quiere llegar a entender las raíces del conflicto- es reportear a gente como yo, al israelí moderado dispuesto a una paz pero al que han convencido los mismos palestinos que no es posible porque no quieren paz sino venganza, no por la ocupación sino por la derrota, la Nakba y sus dirigentes corruptos. Lamento contradecir a Yehuda Shaul, pero como la izquierda israelí ,”fanáticos de la paz”, si verán paz en nuestra generación yo veré las huríes del paraíso. Es una fantasía, una mentira piadosa y un autoengaño.

Su informe es más que parcial, y no beneficia a la paz. Tampoco ha sido periodista veraz al contar lo que le dicen y solo una cara de la moneda, en lugar de intentar entender por qué ese Israel que admiró se inclina a la derecha y a la apatía.Y es que si el discurso es de venganza y no de paz, se está en medio de una guerra, y al enemigo se transmite todo el odio posible. Decir que las ONG o la izquierda israelí  tienden puentes sobre el odio es vivir en Disneylandia, muy propicio para los europeos. En esos territorios conviven y se odian palestinos y  colonos, y los soldados ( ciudadanos israelíes) reciben su ración de veneno allí. Por último quiero destacar que Vargas Llosa siempre termina sus artículos ( en el 2005 como ahora) recordando su amistad y admiración para con Israel aunque ataque su política colonialista desde 1967. Sé que una vez leídas las críticas, muchos no leen ni escuchan lo que dice a favor de Israel , culminando el mazazo de críticas de un modo contradictorio. Los antisemitas no lo ven pues el daño mediático es anterior, y los sionistas están enervados por la parcialidad y las críticas, así que reitero el final de su 7mo. artículo en el 2005, para hacer justicia con Vargas Llosa:

“Para mi sorpresa, la primera vez que fui a Israel, en 1974 o 1975, descubrí que yo, pese a todo, seguía siendo de izquierda. Llevaba ya buen número de años criticando el sectarismo y la cerrazón ideológica de esa izquierda hemipléjica latinoamericana que condenaba a los dictadores si eran de derecha pero los adulaba y bañaba en incienso si se proclamaban comunistas como Fidel Castro, que defendía el populismo y se negaba a aceptar que el estatismo y el dirigismo no sólo arruinaban la economía y condenaban a la pobreza a una sociedad, sino hacían proliferar la corrupción, instalaban la censura intelectual y de prensa, y acababan por suprimir hasta el último resquicio de libertad. Todo ello me había llevado a una reflexión autocrítica bastante difícil, pero liberadora, y a reivindicar los valores “formales” de la democracia burguesa, la soberanía individual, el Estado pequeño y la sociedad civil grande, y las políticas de mercado de la filosofía liberal.

Pero, en aquel mes que pasé en Israel, descubrí una izquierda que carecía de las taras dogmáticas, anacrónicas y reñidas con la libertad, de la izquierda en América Latina y en Europa. Allí, la izquierda, por lo menos en el amplio grupo de israelíes que la representaba con el que tuve ocasión de alternar -qué habrá sido de mi compañero de viaje por el Neguev, Julio Adín-, todavía actuaba movida por razones más morales que ideológicas, era profundamente democrática -tolerante, pluralista, antiautoritaria- y entendía que su primera obligación no era capturar el poder de cualquier modo sino criticarlo, limitarlo y corregir sus estropicios. Por las particulares características de la historia de Israel, allí, la izquierda, que denunciaba los abusos contra los árabes y militaba a favor de la paz y el abandono de los territorios ocupados, y por la democratización del Estado israelí, había conservado aquel idealismo libertario y el sentido ético de la política que a mí, de joven, me habían seducido tanto. Desde entonces, las cinco veces que he vuelto allí he confirmado esta impresión inicial y por eso siempre digo que el único lugar en el mundo en el que, pese a mis convicciones liberales, todavía me siento de izquierda es Israel…” REPORTAJE:ISRAEL / PALESTINA: PAZ O GUERRA SANTA | 7 | REPORTAJE ,LOS JUSTOS, 8 oct. 2005

Y a una década de distancia, con menos pasión aún reitera y culmina sus artículos de este mes así:

“Todavía hay muchas cosas que admirar en Israel. Haberse convertido, por el esforzado trabajo de sus habitantes, en un país del primer mundo, de muy altos niveles de vida y haber prácticamente liquidado la pobreza en la sociedad israelí gracias a políticas inteligentes, progresistas y modernas. Y, la máxima hazaña con que cuenta en su haber: haber integrado a decenas de miles y miles de judíos procedentes de culturas y costumbres muy diversas, de lenguas diferentes, en una sociedad donde, pese a la unidad del idioma hebreo que es el común denominador, coexisten fraternalmente todas ellas preservando su diversidad (dígalo, si no, el millón de rusos que han llegado en los últimos años al país).

Desde la primera vez que vine a Israel, a mediados de los años setenta del siglo pasado, contraje un enorme cariño por este país. Todavía creo que es el único lugar en el mundo donde me siento un hombre de izquierda, porque en la izquierda israelí sobrevive el idealismo y el amor a la libertad que han desaparecido en ella en buena parte del mundo. Con dolor he visto cómo, en los últimos años, la opinión pública local se iba volviendo cada vez más intolerante y reaccionaria, lo que explica que Israel tenga ahora el Gobierno más ultra y nacionalista religioso de su historia y que sus políticas sean cada día menos democráticas. Denunciarlas y criticarlas no es para mí sólo un deber moral; es, al mismo tiempo, un acto de amor”.

Jerusalén, junio de 2016.

 Con dolor, como parte de esa opinión pública israelí que ama la libertad y la Vida, como persona de izquierda que sabe la paz una utopía imposible hoy, que admira y respeta al escritor Nobel pero odio manipulaciones y mentiras, acepto que  es imposible negar el daño que la ocupación hace a Israel antes que a los palestinos. Pero tampoco puedo negar la parcialidad de los artículos que, si de moralidad y denuncia se trata son mas artículos tendenciosos que informativos, y es mas  prensa amarilla que “la tormenta amarilla” que llena de odio, de análisis erróneos, de heridas y cicatrices a casi todos los que son parte viviente en este conflicto.
Ricardo Lapin, Modiin, Israel. -24.7. 2016
Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados

 

Una Vida de película

 

Para sus muchos hermanos, era Beri. Para los muchos sobrinos, el tío Beri. Para sus 6 hijos un padre con valores e ideales, con metas altas y sin miedo a enfrentarlas, y sin duda cada quien tendrá sus recuerdos y experiencias, unos mejores y algunos desencuentros sin duda. Para las cientos de personas que trabajaron con él, y sobre todo los miles de pacientes que atendió con dedicación y normas de conducta exóticas en un país como la Argentina (integridad), era el doctor Lapín. Resulta extraño hablar de mi tío Beri en tiempo pasado, y es que a pesar de su triple operación cardíaca de  “by-pass”, del derrame cerebral de hace una semana atrás, era fuerte y sano, sabía que el colesterol de quesos y salames que otros médicos le prohibían era preferible a los antidepresivos, y que una copa de un noble tinto con un compañero de charla interesante le daban mas salud y vitalidad que todos los fármacos, las prohibiciones y los sanos consejos. Aparte, era un pésimo paciente, ya que después de décadas de investigación y laboratorios médicos, de haber realizado 2 doctorados ( uno en psiquiatría y otro en organización hospitalaria-ergo: como levantar hospitales), de haber sido subdirector general de Salud Mental para toda la nación argentina, no le podían venir a contar cuentos sus colegas.

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Bernardo Lapín, en sus años de estudiante de medicina.

Si alguien busca algo en la internet, como acostumbramos si queremos hoy saber algo de alguien, el Dr. Bernardo Lapin no figura, ya que pertenece a la etapa pre-digital, computarizada, virtual, y algo banal y estúpida, todo hay que decirlo. Cuando Beri nació hace 85 años, tenía 8 hermanos y al poco tiempo su mellizo Enrique murió. A los pocos años moría otro hermano aún niño, Natalio, de un problema cardíaco congénito. Durante su infancia hubo una epidemia de poliomelitis que asoló la ciudad de Buenos Aires, y los chicos iban con amuletos y bolsas de alcanfor o naftalina en los bolsillos: eran otras épocas, aunque no tan lejanas. Mi abuelo Israel Lapin fue un sastre que dificultosamente podía alimentar tantas bocas y así, a la usanza rusa, cada chico que llegaba a los 8-9 años era “alistado” en el taller: primero a coser botones, mas adelante a la máquina de coser. El abuelo había sobrevivido la primer guerra mundial, la guerra civil en Rusia, y escapado de la escuela de oficiales del Ejército Rojo, robando una locomotora y cruzando la frontera con su esposa, el hermanito de su esposa y su hija. Tenía la mansa apariencia del toro comiendo hierba, pero cuando montaba en cólera, era de temer.

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El taller de Aguirre. En el centro el patriarca Israel Lapin, detrás suyo Bernardo y sus hermanos. Máquinas Singer y almanaque con Gardel.

Israel Lapin todo lo que quería era vivir y trabajar en paz, harto de años de guerras, batallas, preso de los húngaros. Pero la Argentina de los años 30 lo recibieron en una época convulsa: huelgas obreras y la represión policial, luego la guerra civil española polarizó el clima de la calle porteña. Las comunidades española e italiana estaban furiosamente a favor o en contra de Franco y Mussolini, con muertos, encarcelados y fusilados por ambos bandos en sus naciones de origen. La familia Lapin era una familia proletaria, judía, y rápidamente se convirtió en una sede del partido socialista: primero se alistó el primogénito Benjamín, y tras él, todos los demás hermanos: Saúl, José, Víctor. Se convirtieron en expertos de los encontronazos con los nazis locales, en manifestaciones, en cómo cortar los cables de los tranvías y tirar bolitas de vidrio para detener las cargas de la policía a caballo. Durante el día trabajaban en el taller con el padre, por las tardes y noches entre amigos y militancia antifascista. Argentina se llenó de refugiados republicanos que contaban las barbaridades nazis y fascistas en Europa, lo que exacerbaba mas los ánimos. En ese entorno creció Bernardo que, llegado su turno, se afilió también al partido socialista.

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Congreso de sindicalistas socialistas en Uruguay. Representando al partido Socialista argentino, Victor, a la derecha. Ya exilado, luego de cruzar remando al Uruguay, 1951.

Mi padre Víctor, organizó a los hermanos mayores para oponerse al padre cuando llegó el turno de los menores de incorporarse a “la esclavitud” de las máquinas de coser. No era simple, pero mi padre para ese entonces ya pertenecía a la organización de autodefensa del partido socialista, y se batía a tiros con los nazis locales de la Alianza Libertadora Nacionalista, y anunciaron a su padre Israel que Bernardo y Fanny, los menores de la cadena de hermanos, irían a estudiar con ayuda de ellos, que para salir de pobre hay que tener educación para ser algo mas que un obrero u operario de máquinas. Israel ya estaba mas viejo y cansado, y además, los menores eran los que le tenían mas paciencia para sus historias y cuentos de Rusia, ya que los mayores no le perdonaban haberlos puesto a trabajar tan temprano. Y así fue como tras una seguidilla de hermanos obreros, los dos menores terminaron médicos. Y muchas décadas mas tarde, con semanas de diferencia, fallecieron Fanny y Beri, los hermanos doctores de la familia Lapin, en este 2016.

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Una foto de los 7 hermanos lapines, con sus padres. Segundo de la izquierda, 2da. fila,  Beri. Recuerdo esos tapetes que cubrían paredes reales y tabiques de madera.

 

La casa de Israel Lapin era una sede no declarada del partido socialista, muy a su pesar. El senador Alfredo Palacios estaba casi cada semana liberando a Victor de alguna comisaría, y terminaba la jornada tomando té y jugando al dominó con Israel. Cuando en un combate urbano con militantes de la Alianza hubo varios nazis muertos, la persecución se volvió frenética. Cada madrugada llegaban los autos de Orden Político para sacar a toda la familia a la calle y destrozar la casa bajo la excusa de buscar armas. No las encontraron, entre otras cosas porque uno de las funciones de Beri en el grupo de autodefensa era ser “depósito ambulatorio”, nombre que describía la siguiente situación: hasta que se encontraba un nuevo lugar seguro para guardar armas y explosivos, Beri salía con una valija con gelinita y otra con armas cortas, dando vueltas por la ciudad de Buenos Aires, hasta que le avisaban dónde llevar las valijas. Bernardo ya había comenzado sus estudios en la facultad de medicina, y paralelamente , su servicio militar en la marina.

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Collage con fotos de la familia Lapin que Victor tenía junto a su máquina de coser. En el centro, la única foto que conservó del grupo de Autodefensa del partido socialista. A la izquierda abajo, Beri de conscripto en la marina.

Con Perón en gobierno, mi padre ya estaba buscado en la sección Orden Político de la policía como terrorista, y ante la delación de alguien que los vió juntos, Beri fue a prisión militar durante su servicio militar. De los 2 años de servicio en la Marina, uno lo pasó en la cárcel militar por encubrir a su hermano prófugo. Una vez liberado Bernardo  continuó sus estudios de medicina. Como profesional, su record fue increíble, combinada con la “suerte lapínica”, o el ángel protector” como lo llamaba el abuelo Israel. Como cuando preso lo llevan “prestado” para torturarlo por una noche -era conscripto y como militar tenía derechos…en los años 50!- y a la camioneta se le para el motor en cuanto le amenazan de que si no habla le borran la cara contra en asfalto mientras viajan. El motor se recompone al amanecer, cuando deben devolverlo a la prisión militar. Luego llegan los escollos y barreras de estudios. La facultad de Medicina estaba dominada por el antisemitismo y por el premio nobel Bernardo Houssay, excéntrico y elitista francófilo que eliminaba al 90 % de los alumnos con una mesa de  exámenes que él presidía. Cuando vé al alumno tocayo y “francés” como él, se le ilumina la cara. Sucede que el apellido ruso Lapin, es palabra homófona de lapin, que en francés es conejo, y por ende supuesto nombre francés. El tío Beri se vé beneficiado por este patronato ( le confirma a Houssay que su familia es originaria de Boulogne-sur -Mer) y recibe excelentes notas, lo designa ayudante, y hace para él sus exámenes de laboratorio. Durante sus trabajos de laboratorio conocerá a un joven médico responsable de varias investigaciones genéticas, el Dr. Ernesto Guevara Linch, futuro comandante “Che” Guevara. Cuando  Bernardo comienza sus estudios en psiquiatría, es menester hacer terapia, y es aceptado como paciente por el Dr. Ángel Garma, prestigioso psicoanalista, con una sólida formación en Alemania e Inglaterra, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, y fundador de la Sociedad Psicoanalítica Argentina, junto a Celes Cárcamo, Arnaldo Rascovsky, Enrique Pichón Riviere, Marie Langer y Enrique Ferrari Hardoy. Es llamado a dirigir instituciones psiquiátricas, y en cada lugar hace orden en medio del caos: en un centro en la provincia de Bs. As. despide decenas de médicos y empleados por robo, abuso de pacientes ( débiles mentales) y reorganiza el plantel; en otra institucion similar que era centro de operaciones de una banda de delincuentes, un ayudante es confundido con él y recibe un tiro en la espalda. Beri pide la intervención del ejército- la policía de provincia estaba coimeada por los delincuentes-, descubriéndose en un campo de la institución una pista de aterrizaje para avionetas con contrabando. Decenas de anécdotas cubren la historia médica del tío Beri, con no pocos corruptos enemigos, pero con muchas mas personas sanas y discapacitadas que le deben mucho agradecimiento, como un anciano encerrado en un manicomio por su familia para robarse sus propiedades ( con colaboración de médicos “comprados”), levantar hospitales con talleres para enseñar oficios y trabajos manuales a deficientes mentales, mejores condiciones para los enfermos, incluídos comida y medicinas que eran comunmente robadas por médicos y empleados, y un largo etc. Recibe el cargo de subdirector  de salud mental para todo el país, es decir responsable de todas las instituciones de salud mental, incluídos presupuestos millonarios para levantar nuevos hospitales e instituciones. Llegó a tener chofer y auto ministerial ya que viajaba por el ancho y largo país inspeccionando y visitando manicomios, hospitales e internados.

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De visita en Parque Camet, Mar del Plata. Julio de 1971.

Conoció militares y hacendados amigos de Mengele en su estadía por Argentina, políticos de todos los pelajes y mucha de la gente que eran académicos e investigadores. Levantó su hogar en Mar del Plata, a distancia de los padres, y vecino con “el mar”, y una ciudad única con gobierno municipal socialista democrático. Con la llegada de la Junta Militar, alguien levantó una ceja sobre cómo podía un judío tener tanta responsabilidad en el ministerio de Salud Pública, y fue despedido, lo que lo obligó de un día para otro a abrir clínica para llegar a fin de mes. Y recibir pacientes de 2 mutuales poderosas en Mar del Plata: la Marina y la policia de la Provincia de Buenos Aires. Así pasaron por su diván torturadores y asesinos que vinieron con sus patologías y problemas a recibir ayuda. Imposibilitado de rechazar pacientes, llegó el esperado día de su jubilación, y arrancó la placa de psiquiatra a golpes de hacha, de la frustración de las abominaciones que se vió obligado a escuchar y, por juramento hipocrático y también peligro para su familia, a guardar en silencio. Pasada la dictadura, se dedicó a su familia, a la lectura, a investigar y ahondar los muchos temas que lo apasionaban.

 

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Vacaciones de invierno en Mar del Plata, mi hermana y yo con el tío.1971

Es imposible en unas líneas resumir una vida así, y puedo decir que cuando yo, o mi primo de París, nos divorciamos de nuestras parejas, se tomó la molestia de venir a visitar para charlar y aconsejar, diciendo lo que a su ver era importante y correcto, y por la larga experiencia de tragedias que le tocó pasar, ver y atender durante su vida. Por supuesto, cada visita a Israel a ver a sus hijos era precedida por una parada en lo de Saúl, su hermano  parisino, y sus “obligaciones” morales: ir a poner una corona de flores y rendir tributo a los miles jóvenes que dieron su vida para combatir a los nazis en el cementerio militar de Normandía, o en las colinas de Gandesa u otros sitios de los combates de las brigadas internacionales. Porque aunque pudiera discernir sobre neurocirugía, historia militar, biografías de grandes personas de la humanidad, le tocó vivir una época en que el mundo estaba convencido que los nazis conquistarían el mundo, incluídos muchos de sus opositores. Fue lo que en inglés se llama “schoolar”, un erudito de curiosidad insaciable, capaz de devorar libros y de citar párrafos textuales completos de por vida. Amante del bello don de la charla, como lo llamó Dylan Thomas, con gente de profundidad, vidas interesantes, y toda historia o experiencia que merezca ser contada. Amante tambien de la libertad, y conciente que hay tiempos que hay que luchar por ella, contra nazis, comunistas o islamistas.

Bailando con Shajar, cantando con Michael: el idioma nunca fue una traba.

Tuvo una vida plena, dejando 6 hijos, una vida de trabajo en su profesión de curar y ayudar, de sanar seres heridos en una época apocalíptica. Gran entusiasta de la formación académica, no dejaba de escribir religiosamente en las cartas los pronombres “licenciado, doctor, catedrático” a quien lo tuviera, como si fuera la educación un logro de la clase obrera. Voy a extrañar tío los consejos sabios, las charlas sobre un mar de temas, sobre nuevos libros e investigaciones, sobre el mundo y el ser humano. Lleno de humor, recuerdo su visita cuando nació mi hijo menor, y vino al hospital a abrazarlo y cantarle himnos de la guerra civil española y de la revolución de Octubre. Sus locuras con nietos y chicos en general, su respeto solemne a todo paciente viendo allí una persona ante todo, su reverencia a todo lo que eleva al ser humano. Con una claridad pavorosa sobre que es lo que nos eleva y qué nos hunde, mas allá de las modas de turno. Y con sus errores y desaciertos, que jamás lo desalentaron.

Cantando marchas del ejército rojo y las brigadas internacionales a Michael, recién nacido en Jerusalén. Las mismas con las que crecí en un conventillo 4 décadas atrás

Han dicho que luego de un cuadro de recuperación, se vino a pique de repente, hasta fallecer, pese a estar en la mejor clínica de su ciudad. Sin dudas lo natural es señalar la responsabilidad en negigencia de los médicos y, sin saber que sucedió, guardo la sospecha que fué una decisión propia. Recuerdo cuando vino a despedirse de mi padre, ya en estado de demencia, hablamos sobre lo que para él representaba ser y existir, porque cuando “por la pérdida de las facultades humanas se pierde también la dignidad como persona, uno pasa  a ser una bolsa de huesos y carne, y una carga para los demás”. Le pregunté si estaba a favor de la eutanasia y me dijo terminantemente que no, con un claro humanismo judío, porque la Vida es algo sin precio y los humanos demasiado tontos para tener capacidad para decidir sobre ella, pero en el mismo lugar de la estupidez, se insiste que alguien en sus últimas, el estirar dolor y sufrimiento  cuando en realidad es contra Natura querer estirar una semana o un mes lo que no es vida sino agonía. Por ello creo que en un instante de conciencia y lucidez, de saberse en una situación nueva de dependencia, de  grave estado de salud, decidió soltar amarras antes que quede esclavo de un cuerpo débil que no le permita pasear frente al océano, disfrutar plenamente del sol, las gaviotas y una cerveza, de no poder levantar a sus nietos y jugar con ellos. Quien sabe. Tío Beri, fuiste una gran persona y una causa de placer y alegría. ¿Tu legado? No el saber, ni los logros del conocimiento humano, sino la pasión de vivir, de vivir plenamente, con mayúsculas, como si cada día y cada aliento puediera ser el último, porque de hecho, podría serlo.

Tío Beri , z”l, que descances en paz, te lo tenés mas que ganado…con tu vida de novela.

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Beri y Victor, reencuentro en el 2000. Cariño y admiración mutuos.

 

Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados

Cada vez mas lejos, y siempre cerca

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Es, supongo, imposible no pasar las experiencias tan básicas, extremas y de integración al país como son las situaciones traumáticas de guerras, atentados y ataques con misiles a población civil. Es síntoma quizás de “derecho de piso”, de estar bastante tiempo en este país con un conflicto más largo que su existencia propia. Con el camino de cada uno, existe una experiencia del duelo relacionada a pérdida de gente más o menos cercana, y entre combatientes y soldados, de camaradas de unidad, de armas. Mis muertos, aquellos que están allí en parcelas militares de cementerios, son básicamente dos, y con una década y media de distancia.
A Claudio lo sentí un poco como un hermano más chico, quizás en su deseo de una relación profunda, sincera y cercana. Nos encontramos allá en la Buenos Aires de la dictadura militar, el con un hermano mayor allegado a los montoneros y yo con un padre ex cazador de nazis y socialista, cuyos amigos de juventud y militancia empezaban a desaparecer. Nos encontramos dentro de un grupo de inmigración juvenil para llegar a un colegio internado en Israel. Reuniones en la Agencia Judía, actividades para crear un “espíritu de cuerpo” grupal, entre la suma de jóvenes individuos que llegaban cada uno de una historia y una casa propias, algunos de entornos de movimientos juveniles y clubes sionistas, y otros, meros chicos judíos comenzando a crecer en una dictadura.
de Gvulot al Kfar,1979
Sábado, en un cruce de caminos en el desierto del Neguev, 1978, con Claudio y Billy.
Llegamos al colegio internado, y allí el grupo suplantó a la familia. Se formaron relaciones de amigos, de parejas, de hacer cosas juntos e individualmente. Teníamos entre 16 y 17 años, y en Israel había conmoción por el mundial de futbol (Argentina vencería a Holanda) y por la visita de Sadat, 2 meses antes de nuestra llegada. Descubrir un país donde se podía viajar a dedo y sin cedula de identidad, ir a dormir a una playa con bolsa de dormir, y que pronto habría que elegir entre el ejército o la universidad. No teníamos hebreo para universidad y así buscamos un kibutz que quiera un grupo de jóvenes y llegamos al Neguev, a nuestra nueva casa en el desierto, con familias adoptivas y campos de arena. Nos enlistamos en el ejército en enero de 1980, Claudio murió a fines de marzo.
sabado en el Kfar, pastiche de arroz con queso, 1979
Comiendo un pastiche de arroz con queso, Kfar Silver, 1979. Foto : Fabián Hofman
Salimos de la base de instrucción a maniobras en el terreno, por vez primera. Estábamos en la misma carpa de campaña en los arenales, cerca del mar, y por las noches charlábamos un poco antes de caer agotados. Claudio estaba en una buena etapa, con una compañera “hija del kibutz”, y con algunos sueños por cumplir y heridas por cicatrizar. Lamentablemente, la tragedia se nos vino encima como un aluvión de rocas, y todo lo que podría haber sido…pasó a ser especulaciones. Fue un viernes de mañana, “el Día de la Tierra”. Lo cierto es que ese maldito día fue un viernes más, con preparativos por ser un día de alerta y posibles emergencias en todo el ejército, a pesar que nosotros recién habíamos alcanzado a aprender a desarmar el arma. Pero cada hora había que estar en formación y revisaban el equipo, el agua en las cantimploras, las correas ajustadas. Estábamos en un descanso cuando llegó la orden de estar en formación para otra inspección en 3 minutos. Todo el mundo empezó a correr y gritar la orden, y mientras nos levantamos de la sombra sucedió. Alguien grita no la orden sino que llamen a un enfermero, que traigan una ambulancia. Me abro paso entre la ronda de reclutas y alcanzo a ver a Claudio con los ojos vidriosos, boqueando como un pez, y el enfermero que llega, nuevos gritos que hay que estar en formación en medio minuto, corridas, formación, la ambulancia que se aleja a toda velocidad. A la tarde nos avisaron que murió en la ambulancia, camio al hospital. Claudio Israel Freidkes, “el Tano” para nosotros, se marchó para siempre ese viernes 28 de marzo de 1980, 2 años mas tarde de que llegáramos juntos a un internado de Inmigración Juvenil. Hijo de Julio Y Miriam, hermano de Gadi y Ruben, murió con 19 años y está enterrado en el cementerio militar de Rishon Le Tzion. יהיה זכרו ברוך

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 De un cuaderno de apuntes, Claudio en Kfar Silver, invierno de 1979.
Empezamos el servicio enterrando a un amigo y lo terminamos entre Beirut y Damasco, en la entonces llamado “Operación Paz para la Galilea ” y hoy, con triste perspectiva histórica llamada primera guerra del Líbano. De los que hicimos el curso de suboficiales con nuestro oficial en la brigada de paracaidistas, el entonces teniente Benny Gantz, quedamos solo tres que continuamos juntos como reservistas. Muchas noches de frío y guardias, en lugares ásperos y solitarios, dialogaba con Claudio, lo hice un “partner” de mis dudas y pensamientos, lo imaginaba como otro camarada mas, devolviendo equipo o saltando en paracaídas conmigo. Pensando en si habría quedado en el kibutz y siendo un padre agricultor de una gran prole, o si se habría mudado a la ciudad por presiones de alguna esposa. Como con las cosas y las situaciones, las personas son por lo que nos dejan.
En la unidad de reservistas lo conocí a Yotam. Llegó varios años después que nosotros, era oficial y pasó a dirigir una de las compañías. Nació en kibutz Hazerim, tenía cara infantil y alegre, era muy creativo, y una vez casado dejó el kibutz y pasó a Tel Aviv. Como yo, éramos 2 “ex -kibutzniks” en plena gran urbe, que nos veíamos cada tanto entre los períodos de reservistas. De sus viajes por Sudamérica, aprendió en Ecuador a tallar madera al estilo indígena, y vuelto a casa se conectó con la escultura y la carpintería. Como alguien educado en un kibutz, era un convencido de la paz y el diálogo con los enemigos no extremistas y fanáticos. Como joven padre, este sentimiento se ahondó mas aún.
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Yotam con su esposa Merav y su hijo Gai, nacido en 1993.
Corría el año 1994, y el tratado de paz de Arafat y Rabin hacia exacerbar a los extremistas de ambos bandos. Llegó la carta militar para presentarnos por un mes de servicio en la Franja de Gaza. Había que proteger la zona del asentamiento de “Netzarim” y sus habitantes. A poco de llegar y relevar a la unidad anterior, avisaron de una manifestación avanzando hacia la entrada del asentamiento. Había allí un revuelo de gente: árabes y soldados, patrullas comunes de la policía de frontera israelí y policías palestinos, colonos judíos y manifestantes con banderas. Había 2 soldados tras bloques de cemento y llego un jeep con 3 de nuestros oficiales a dar las nuevas órdenes a los soldados frente a la manifestación creciente. De pronto se cruzó con una bicicleta un terrorista con 5 kilos de explosivos y los hizo estallar al lado de los oficiales: los 3 murieron en el acto y los compañeros nuestros tras los blocaos de cemento quedaron heridos graves. Yotam, joven padre y esposo, oficial de paracaidistas de reserva, fue enterrado en el cementerio de su kibutz natal, Revivim.Su imagen de chiquilín sonriente, en las buenas y en las no tan buenas, es algo indeleble. Murió un 11 de noviembre de 1994, a la edad de 31 años, dejando una joven viuda ,un pequeño hijo y muchos sueños por esculpir.יהיה זכרו ברוך
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Yotam Rahat z¨l
Terminamos ese periodo de reservas con 5 muertos, y continuamos muchos años más patrullando y protegiendo los asentamientos de Gaza, hasta la retirada. Todos los 28 de marzo y los 11 de noviembre son días cargados para mí, pero la sirena del día recordatorio de los caídos, nos lleva a nuestros muertos de modo colectivo en mente y en presencia, como pueblo y como nación. Hay intensas historias personales, muchos recuerdos y una gran cicatriz abierta, así como la deuda impagable y el dolor que supura tristeza a pesar del tiempo que pasa implacable.
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Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados

Las mellizas

Hoy es el Día de la Shoá, que recuerda el Holocausto cuya sombra nos atrapa casi cotidianamente en la realidad política mundial, y local. Escucho chicos jóvenes, con tanta banalidad como desinformación, y me digo que la ignorancia es la madre de los desastres, sobre todo los reincidentes. Pero también está lo que se transmite por las células y el ADN, desde experiencias traumáticas hasta temor o baja autoestima. Existe una generación de verdugos y sobrevivientes, que cada vez se achica de año en año y cada semana. Algunos sobrevivientes que lograron transmitir por escrito sus vivencias, como el premio Nóbel Irme Kertesz o Martin Gray, nos dejaron sus libros y legado este año para descansar al fin. Y existe la segunda generación que recibimos de algún modo la antorcha del recuerdo y el legado de insistir en transmitir un poco esa era imposible de entender y asimilar. Mas de 70 años han pasado y el Holocausto es aún un pozo sin fondo, y dá vértigo mirar allí.

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Entre los investigadores que estudian y documentan el Holocausto existe la categoría de “los niños sin infancia” o niños del Holocausto. Es un tipo de oximorón ya que millones de niños se vieron atrapados por circunstancias…indigeribles. Con menos capacidad y posibilidad de enfrentar, asimilar, sobrellevar física y mentalmente el infierno del entorno, las más frágiles entre las víctimas, los más vulnerables entre los millones de presas inocentes.

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Niños sobrevivientes del Holocausto en Breslaw, 1945. En segunda fila con trenzas, Mania.

 

Cuando los alemanes entraron un maldito día de septiembre de 1939 en la aldea de Pzewortz, Polonia, mi madre tenía 5 años de edad. Su mundo era una familia larga y ancha de 9 hermanos y hermanas, su madre, y los vecinos. Su padre arrastraba heridas de la 1ra. guerra mundial, pero al parecer un severo ataque de asma fue lo que lo mató siendo mi madre una criatura de 3 años. Así es que ella, Mania Scheinwald, y su hermana melliza Zlate, no alcanzaron a conocerlo. Además, no faltaba movimiento en esa casa de aldea: los hermanos mayores ya tenían novios y novias a punto de casarse. La saga de la familia fue y sigue siendo increíble : los 9 hermanos y la madre huyen hacia la zona soviética , donde están refugiados en la ciudad de Breslaw hasta operación Barbaroja en 1941, la invasión nazi a la URSS. De allí el escape hacia el este es una desesperada carrera entre aviones que ametrallan, caravanas de civiles y soldados huyendo. La familia se dispersa: los 4 hermanos son alistados en diversas unidades del ejército rojo, las hermanas mayores enviadas a fábricas de material bélico, y las mellizas continúan en constante escape de las tropas alemanas, en companía de su madre. Por esas cuestiones que se presentan en una guerra (huir de un país a otro con prisa y falta de todos los documentos), la madre retoma su apellido de soltera y con ella toda su prole: Taube Gancman. Algunos lo escribirán luego con las variantes Gandsman, Gantzman y demás sutilezas de las traducciones de idiomas eslavos a idiomas latinos y anglosajones, pero como bajo ese nombre todos sobrevivirán la guerra, todos lo adoptan como amuleto, olvidando el apellido paterno de infancia.

Fotos de la aldea de Pzewortz antes de la guerra. A la derecha la casa de la familia Gancman

Así es como las mellizas Mania y Zlate llegan con su madre, luego de infinitas peripecias y cotidianos milagros, a una estación de tren bajo bombardeos, adonde las suben y transportan durante días y noches hasta la ciudad de Nizhny Tagil detrás de los Urales, en el límite entre Europa y Asia. Allí pasarán a una rutina, no mas segura o calma, pero aún rutina. De a poco consiguen ubicar  donde están todos y cada uno de los miembros de la familia,allí reciben la noticia de la muerte del primogénito en el cerco de Leningrado ( que años mas tarde se sabrá un error, cuando su joven”viuda” estaba ya de novia con un soldado ruso), allí harán el colegio primario, estudiando a Pushkin y a armar granadas y fusiles.

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Zlata y Mania en Bretslaw, 1945-46.

En la rutina se incluía el hambre, ya que tenían que hacer cola durante horas en las madrugadas de frío y nieve para recibir un trozo de pan negro, medido con centímetro en el lugar de reparto. Pero como las mellizas además de no ser ciudadanas soviéticas eran refugiadas judías, algún funcionario decidió darles una tarjeta a las dos, teniendo así que compartir el miserable y personal pedazo de pan. También los compañeros de clase no dejaban de gastar burlas y castigos con las alumnas refugiadas, que encima eran las mejores de la clase en alemán, el idioma del enemigo y por ello asignatura obligada. Orden de Stalin, y que hacer que el idisch, idioma materno, era el padre medieval del moderno alemán.

Mania no recuerda nada de su infancia antes de la guerra, antes de los 5 años. Fueron una de las pocas familias que sabían que la guerra era inminente y aún más: estaban preparados para ella. Ignatz, o Ichi Mendl por su nombre en el idioma de su casa, era el primogénito que- al fallecer su padre- pasó a ser “el hombre de la casa”, es decir a decidir junto con su madre los destinos de la familia toda. Como primogénito estaba destinado a ser rabino ( “el mayor, para la Iglesia” como en otras tradiciones europeas) y siendo estudiante rabínico en una Yeshivá ( seminario) local, una noche un tío anarquista le cortó con tijera los peyes, bucles que los religiosos no cortan a los lados de la cara. De la verguenza, dejó de ir al seminario- hasta que crecieran nuevamente- y mientras tanto se conectó y enlistó en el partido comunista polaco. Supo por ellos que la guerra era inminente y obligó a su madre a comprar buenos abrigos para todos los hermanos, mochilas, y alimentos secos y envasados, para cuando fuera preciso huir de los combates. Con todo esto, una mañana la aldea de Pzewortz amaneció con los motores de los tanques Panzer y los ladridos de oficiales alemanes. Un soldado llamó a Jazke, el menor de los hermanos, y le dió un par de baldes. Toda la familia estaba en vilo detrás de una esquina mirando al alemán y al adolescente, que recibió órdenes de llenar los 2 baldes con agua en la bomba hidráulica de la plaza . Cuando terminó el soldado lo liberó y Jazke llegó corriendo a su casa. “¿Qué te dijo?” preguntaron todos. “Que ellos tenían que seguir avanzando, pero que tras la Whermacht venían las Waffen SS, y que con ellos los judíos nos la íbamos a ver negras…” Ignatz entendió que había que actuar, y rápido. El ejército no conocía aún la aldea ni la tenían ocupada de cabo a rabo : los varones huirían por el bosque y cruzarían el río a nado lejos de puentes y caminos, y las mujeres se organizarían y lo harían esa misma noche.

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“Ejecuciones al amanecer”, óleo sobre tela, 40 X 40 cm (2007). © Ricardo Lapin

 

Mania recuerda bien esa noche. Está sentada arriba de la mesa, y hay un gran ajetreo alrededor. Se llenan mochilas, se doblan mantas, y cada tanto pasa alguna de sus hermanas mayores y con una sonrisa le señalan que hay que estar en silencio, como esas fotos de la enfermera en el hospital, con el dedo índice sellando los labios. Al fin, se apagan las velas, una de las hermanas la carga sobre los hombros y nuevamente les indican a las mellizas  : no hacer ruido alguno. Salen al aire frío de la noche y ella se aferra a la cabeza de su hermana y “caballito”. Cruzan cada calle bajo la sombra y asugurándose que la patrulla no está cerca. Ya han oído todo el día los gritos de los que intentaron huir hacia los soviéticos por el puente y recibieron una bala, cayendo al río. Llegan a la última hilera de casas, lindante con el bosquecito. La caravana de mujeres se lanza a paso rápido penetranado en el bosque. Sólo el primer trecho bajo los árboles,no hay ruido de ramas pisadas ya que se recojen puntualmente para los fogones de la cocina. Ruido de jadeos, de esfuerzo y aroma de coníferas. Mania se bambolea desde lo alto, su hermana en los hombros de otra de las mayores, avanza por la noche con una mezcla de temor y aventura. Cruzan un campo y se internan en otro bosque, paralelo al río. De pronto, ya lejos de la aldea, Mania siente algo extraño en medio de la marcha nocturna, mas allá de las respiraciones. Se dá vueta desde su alto lugar y vé llamas, una inmensa hoguera en el oscuro horizonte: las Waffen SS han llegado a la aldea.

Pschewortz, 1939

“Pshewotz, 1939”, óleo sobre tela, 40 X 40 cm. (2007). © Ricardo Lapin

Todo lo anterior a esa noche se ha borrado de su memoria. Sovrevivir es un arte mayor, y en presente, siempre aquí y ya mismo. Cuando se mete en un maizal con otros niños para conseguir lo que comer, surge un cosaco a caballo, con un enorme y largo látigo, y no interesa nada, sólo huir, sobrevivir, como con los Stukas ametrallando las caravanas, los comisarios rugiendo en los puestos de control. Primum non nocere, como dijera Paracelso: lo primero es evitar el daño. Claro que el galeno se refería a la medicina preventiva, pero para la supervivencia es igual de aplicable. Una vez sana y salva, podía ver donde estaba Zlate, siempre mas lenta y más torpe que ella. Es bueno tener companía en las malas, la soledad del hijo único debe ser terrible, pero no es simple tener que correr por dos, comer la mitad, pensar y exigir por dos. Que se puede hacer, si hasta mamá lo ha dicho: “No es fácil, pero hay que ayudar” Sí, no sólo ser responsable por Zlate, que es mas tímida que ella, sino cuidar los bebés de los hermanos mayores, que deben combatir, o hacer una larga jornada en las fábricas. Todo eso es cierto, pero Mania se cae de sueño en esas noches, y el bebé llora y no la deja dormir. También ella tiene que estar atenta en la clase o recibir un castigo terrible de los maestros. Tiene hambre, frío, cansancio. Y estos bebés que no dejan de llorar…Una vez me confesó que leía por las noches para no dormirse, y cayó en sus manos un librito ruso titulado “Quiero Dormir!!”, sobre una niña obligada a ir a casas de gente a cuidar bebés en ausencia de sus padres, para que sus padres recibieran dinero para comprar comida. Desesperada del cansancio y la esclavitud, la niña planea arrojar el lloroso bebé a las aguas heladas del lago vecino. Jamás me contó mi madre el final del cuento, sólo que esas noches que sus sobrinos lloraban, solos ella y el bebé, no dejaba de pensar en el cuento…Otra helada noche, llendo por la nieve a casa de la esposa de Ignatz, a hacer de “baby-sitter” se le congelaron los pies. La distancia era larga, la nieve profunda, el frío terrible y el viento ululaba entre los copos. En cierto momento percibió que no podía avanzar un centímetro más: no sentía los pies, la nieve era una pared frente a sus nueve años, y sintió una vez más que era el fin. Cayó temblando bajo la noche, la nieve y el frío. Comenzó a llorar, a gritar en medio la noche y la nieve, y unas vecinas rusas por fortuna oyeron sus gritos. Le sacaron las botas y le frotaron los pies con nieve hasta que la sangre volvió a circular. Pero no hay mal que dure sin daños. Cada percance, dejaría su cicatriz en su futuro.

Las mellizas Mania y Zlata, foto en Montevideo, años ´50.

Jamás tuvo iniciativa mi madre de contarme extensamente sobre su infancia y juventud. Anhelaba con tocar el piano, pero el Blitzkrieg quebró sus sueños, y un “Percance” que al parecer dejó una marca mas profunda, sí fue algo que decidió compartir para mi sorpresa. Transcurría la rutina de supervivencia, en medio de días peores y mejores. Una vez los hermanos Binek y Jazke, maquinistas de un tren blindado que enviaba tropas al frente, consiguieron una bolsita con sal, material mas preciado que un diamante en tiempos de guerra, enviaron a la madre el tesoro, y ella cambió pizcas de sal por leche, huevos o pan blanco. Pero una noche como tantas, la puerta voló destrozada y entraron varios matones con abrigos buscando a Taube Gancman. La NKVD, policía política de seguridad interna se la llevaron sin dar explicaciones, y las vecinas rusas se hicieron cargo de las mellizas. Estaban ya expertas en el terror de estado, y en cada pueblo había varios buzones de la KGB y la NKVD para hacer denuncias de traidores, espías y burgueses. Mi madre no hizo comentario de esa temporada solas, huérfanas, bajo custodia de vecinos. Pasaron varios meses y una tarde Taube regresó. Escuálida, exhausta pero viva, de un solo pedazo. Llegaron las hijas mayores para saber como estaba, qué sucedió. “Ni una palabra” dijo.”Llegado el día, les contaré”. Ese día llegó en un centro de refugiados en París, en 1948. Estaban todos los hijos con ella, las tres hijas mayores casadas y a punto de emigrar al flamante estado de Israel, y decidió contar antes que la familia se disperse. La llevaron a Moscú acusada de espía. Ella, que no tenía idea de política, de la realidad, de nada…mujer del shtetel, del pueblito. Por fortuna uno de sus interrogadores era un comisario judío, que reconoció de inmediato al personaje y el error. Ella estaba concretamente acusada de “recibir correo de un país capitalista”, ya que la esposa de Ignatz tenía una hermana que huyó a Argentina antes de la guerra, y le escribía a su hermana periodicamente. En su desesperación recordó que su hijo mayor había sido miembro del partido comunista polaco, herido varias veces y hasta dado por muerto como héroe de la Unión Soviética-“la carta estaba en su casa, todo podrían confirmarlo”- y finalmente la liberaron, arrojándola a la calle, sin dinero ni comida, a cientos de kilómetros de sus hijas menores. Ayudada por gente del sufrido pueblo ruso, tras largas y penosas jornadas, regresó a Zlate y Mania.

Taube

Taube Gancman. Atravesó la guerra con 9 hijos, y los recuperó a todos.

En ese encuentro de despedidas y confesiones, Taube pidió a sus hijos que jamás olviden que Stalin, mas allá de quién fué y que atrocidades hizo, fué el único que abrió las puertas a los judíos. De algún modo quizás quizo decir Stalin en nombre de  las muchas mujeres rusas, que ayudaron en momentos terribles. Para Mania, huérfana de padre y rodeada de carteles con Stalin y su hija Tatiana, le era simple adoptar al padre de la Unión Soviética como padre en medio del desastre circundante. Un abrazo paternal, aunque de un monstruo, era un abrazo. Y aparte imaginario.

La guerra comenzó a cambiar de rumbo, e Ignatz, ya jefe de una fábrica con prisioneros alemanes en 1944, comenzó a preparar el terreno para huir antes que fuera imposible. Convenció a sus superiores que enterraron joyas y cosas de valor antes de huir, y no querría que algún maldito polaco descubriera por error cosas valiosas de su familia por generaciones. Conectó a todos los hermanos y hermanas y llegado el momento de la liberación de Polonia pidieron permiso de regresar, y los rusos quedaron sorprendidos que una familia íntegra de judíos polacos haya salido íntegra de tantos años de guerra y exterminio, que les dieron un vagón completo para la familia Gancman. Llegados a Polonia, ya Alemania estaba en sus últimos estertores agonizantes, y una vez que conectaron al “Joint”, organismo americano judío de ayuda a refugiados, sabían que enlistados allí tenían las puertas abiertas para huir de esa Europa humeante y racista.

paris

Foto en París, 1948 con otros refugiados. Mania a la izquierda y Zlata a la derecha del grupo

Pasando controles y fronteras, la familia queda del lado de los aliados “occidentales”. Mania tiene una sola foto que le dieran sus pocas amigas rusas, compañeras de clase, antes de partir. Pero en la frontera los altavoces anuncian que está prohibido sacar documento alguno y pasarán revisación y, mas presa del terror que de pena, mete la foto en el resquicio entre 2 tablas del vagón. ¡ Cuantos tesoros perdidos en el camino! De Breslaw a París, de París a Génova, siempre en centros de refugiados, UNWRA y ADJC. Toman en 1949 el barco “SS Conte Grande” para Paraguay, pero hermanos de viaje les dicen que en el camino hay un país mejor, Uruguay. Bajan en Montevideo. A las mellizas les planean un casamiento “a la antigua”: un paisano de Psewortz que llegó sobreviviente a Melbourne ha visto una foto de Mania y cierra con sus hermanos mayores para ir a buscarla y casarse. Mientras tanto mi padre, luchador antifascista exilado en Montevideo se le declara a Mania y, robándole un beso, se compromete. La familia no sabe que hacer: este personaje anda armado, se rumorea que en Argentina ha liquidado varios nazis locales y por ello cruzó a la otra orilla del Río de la Plata, remando. Un bochorno, pero con un loco así…Llega el novio de Melbourne y descubre que Mania ya no está “disponible” para casorios, y gente pragmática y concreta, se casa con la hermana Zlata. La separación de las hermanas es una tragedia, llena de miedo. Zlata no percibe como se las arreglará sin Mania, que siempre la ha protegido, empujado, cargado. Parte para Melbourne donde tendrá una lujosa casa, 4 hijos, un marido protector, pero todo esto no le ayuda a salir de sus constantes estados depresivos.

Zlata y Mania, posando con un piano.Montevideo, Uruguay, comienzo de los ´50.

Derrocado el dictador Perón, que llenara su país con criminales nazis, Mania llega a Argentina, donde vivirá desde 1955 hasta 1978, fecha de otra huída, esta vez de la Junta Militar donde su esposo nuevamente está en las listas negras.Tuvo 2 hijos y trabajó de sol a sol en una máquina de coser. Durante los veranos y sus vacaciones, cruzaban a Montevideo a ver a la familia, la tumba de Taube en el cementerio de La Paz. Jamás protestó de vivir en un conventillo sin agua caliente, del dinero que no alcanzaba generalmente, del trabajo duro. Cuando llegó a Israel por vez primera aceptó una ciudadanía y se presentó a votar: hasta ese momento había sido una refugiada. En la católica Argentina no aceptaban su casamiento religioso y civil en Uruguay, país mas avanzado con ley de divorcio, y así ella vivía según las leyes allí “en concubinato y con 2 hijos bastardos”.

Pero para 2 niñas  del Holocausto, las cosas no fueron buenas ni normales jamás. Zlata, rodeada de un buen pasar económico, tenía graves y constantes problemas de salud. Cuando su hija de 24 años murió de un cáncer, quedó destruída casi totalmente. Vivió aislada y medicada, realizó una vez un viaje a Israel para visitar a su hermana melliza. Las fotos del encuentro la muestran con una sonrisa de oreja a oreja. Regresó a Austarlia, a los químicos que la narcotizaban de sus fantasmas, y murió ya en los comienzos del siglo XXI. Mania, que siempre fue de las dos la de ir al frente no las tuvo mejor. Mas allá de trabajar esclava de la máquina de coser, o de la austera vida, sus placeres fueron visitar a los hermanos en Montevideo en las vacaciones, estar en el sol en una playa con arena, o un simple arenque ahumado. Pero el sufrir no la abondonó, y si tuvo una sombra amenazante fue su salud. La infancia sin leche y subalimentada implicó osteoporósis crónica pasados los 30 años, problemas de articulaciones, dientes y huesos. Un miedo mortal de médicos y agujas la llevaron a soportar sus dolores casi hasta el desmayo.

Zlata y Mania antes de separarse, en Montevideo.

Yo comencé a asumir ya adulto que mi madre era una sobreviviente del Holocausto. Leyendo materiales de investigadores y de hijos de sobrevivientes noté que muchos señalaban que todo sobreviviente guardaba un “secreto oscuro y tenebroso”, algo que le provocaba dolor y culpa: el haber pisado a alguien en el vagón de tren para respirar mejor, o el haber robado comida de otro, y asumiendo que por esto ellos sobrevivieron y esos otros no. Mi madre casi no me contó nada de esa infancia, de su melliza, por supuesto que nada de lo que sintió en esos días amargos. Siendo aun joven pero con una carga inhumana, su pasado volvió por las noches a visitarla: teléfonos angustiosos en mitad de la noche,de que le estaban golpeando la puerta, que querían llevarla. Enfrentar nuevamente al pasado fue superior a sus fuerzas, a su capacidad de triunfar, y lentamente se fue desconectando de la realidad, hasta caer en un estado de calma demencia, sin percepción de lugar, tiempo o realidad. Sin un pasado doloroso. Ya en este proceso irrevocable, un día mi madre me confesó su “negro secreto”, y es que no quería llegar al limbo de la demencia o al mas allá arrastrándolo. Estaba ya encorvada de los dolores, mas pequeña y mas frágil de lo normal, y me contó , como al acaso, que cuando estaba en Montevideo, su hermano Binek tenía planes para las mellizas: montar un taller de sastrería y , cual señor feudal,que ellas trabajen de empleadas para él, hasta que decidiera casarlas y recibir tambien algún beneficio por ello. Para eso era hermano mayor de ellas, para que le rindan servicio y pleitesía al fin. Y así fué, hasta que un día- Mania no contó si lo enfrentó o discutió por la situación o por defender a Zlata- Binek, que era una enorme y fornida persona, le empezó a gritar y la arrojó sobre una cama, con la intención de abusar de ella . Por fortuna estaba no muy lejos otro hermano, Noaj, que escuchó sus gritos y la salvó del animal hermano. La guerra a veces saca lo mejor a la gente y en otras demonios ocultos. Unas semanas después de esta revelación, mi madre fue internada en un institución ya sin dominio de sus facultades mentales.

 

Los últimos años de Mania fueron vivir en el dolor y el sufrimiento físico. Si bien su historia era para ella ya una nebulosa, su cuerpo la ataba a su largo calvario. Cuando se cayó y se rompió el fémur, fue difícil poner un tornillo, ya que sus huesos se astillaban, tenían la consistencia del talco.La mala circulación de sus pies fué una amenaza con dedos morados y luego negros. Los médicos postergaron la inevitable operación porque consideraban que no la sobreviviría. Al fin no les quedó alternativa y extirparon los dedos pero la gangrena ya había avanzado. Para sorpresa médica Mania sobrevivió y cuando la consideraron repuesta hicieron una segunda amputación, hasta arriba de la rodilla. Nuevamente los médicos me informaban de su dilema: debían amputar pues la gangrena avanzaba, pero no estaba en condiciones de pasar la intervención. AL fin lo hicieron y nuevamente Mania los sorprendió: sobrevivir era su especialité. Aferrada a sus pocos glóbulos y enzimas, mi madre desafiaba a la ciencia médica y sus pronósticos. Luego comenzo la gangrena en el otro pie, y también esta amputación la sobrevivió.

En algún lugar ya daba enojo esa tozudez de vivir echa un manojo de dolor y sufrimiento. Y la frustración de tan solo ser testigo de esta batalla perdida, de no poder siquiera decir”Basta mujer, demasiado sufrimiento para todos, ríndete ya !!”. En una visita consiguió sorprenderme. Estaba en un pasillo, en su silla de ruedas, cubierta da una manta que le cubría su cuerpo mutilado. Estaba conectada a una infusión, con antibióticos, calmantes y otras cosas intravenosas, muy demacrada, y quejándose del dolor sin parar pero en voz baja, sin hacer escándalo. Que ser tan fino y sensible, me dije, jamás le oí gritar , ni emitir un insulto en sus 7 idiomas que domina. Se quejaba en ruso, en hebreo, y suplicaba que le den mas calmantes. Le tomé una mano entre las mías- no sabía que hacer para ayudarle- y de pronto, con la cabeza echada a un lado y los ojos cerrados por el dolor, comenzó a cantar: “la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar…” y luego en hebreo “…Kan noladti, kan noldu li yieladai…”( aquí nací, aquí nacieron mis hijos…). Y tan repentinamente como surgió el canto, retornó a su agonía de quejas y dolores. Menos de un mes mas tarde, Mania fallecía, llegando a su tan merecida paz. En el entierro, cubierta por la mortaja, su cuerpo mutilado tenía el tamaño de una niña. La niña del Holocausto, la melliza que iba al frente.

The children's Guardian Angels, oil on offset plates

“Los ángeles guardianes de los niños de Sderot y Gaza”, pintura industrial sobre platas Offset, díptico, (2013)

Me dejó pensando esa “incongruencia” de ponerse a cantar en medio de su confusión, del infierno de dolor constante.Era una icógnita. Luego de una semanas me desperté sin recordar lo soñado, pero con una respuesta y una certeza: mi madre quería transmitir su legado, su despedida. Que no eran los traumáticos recuerdos ni los negros y vergonzosos secretos.Su gran aprendizaje y lección de vida es éste:lo único sagrado en esta existencia, es la Vida. Ni piedras, ni objetos ni santuarios, solo el regalo supremo, estar vivo, aunque esto sea sufrir y mucho. Por eso, en medio de dolores indecibles, en un instante de lucidez se reconoció con vida, y de inmediato se puso a celebrarlo y festejarlo, mas allá que vivir implique a veces sufrimiento inhumano e interminable. Ese es su legado: reverencia hacia la Vida.

Mania, bendita sea su memoria, como la de su melliza Zlata, niñas sin infancia. Merecían una infancia normal,madre,  y una vida mejor, como todos los niños del Holocausto.

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Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados

Hace 35 abriles, un 28 de marzo (2015)

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Aguas de infancia, serigrafía, 1986

 

Aguas de marzo se llama una melodía inmortal de la bossa-nova .Lluvia de finales de invierno en el hemisferio norte, mi actual habitat. Paisajes de lugares y también imágenes de infancia que se desdibujan entre un vidrio con gotas de lluvia: conventillos, inmigrantes, subcultura de tango y lunfardo, un entorno obrero y espartano que traté de olvidar y por alguna causa toda la tragedia de Nisman me llevo allí de nuevo. Y luego ayudar a mi hijo menor a armar el árbol genealógico para su proyecto “Raíces” en el año de su Bar Mitzvah.

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Puerto de Buenos Aires, témpera sobre papel, 1977

Yo crecí en esos lugares y aprendí lunfardo con viejos contrabandistas y malandras llenos de historias; el italiano de charlas “di famiglia” en los patios de conventillo entre mis amigos y sus “nonos”. Y al fin el castellano en el colegio, y más tarde inglés en un instituto privado en el pasaje Bella Vista, calle que aun era de tierra en los años ’70, con el consiguiente desastre en días de lluvia. Un Buenos Aires que hoy se escuchara pintoresco, exponiendo como adolescente los domingos en San Telmo, y los viernes después del colegio en la esquina de Defensa y Alsina, a una cuadra corta de la Plaza de Mayo, bajo la Mirada escrutadora del arquitecto Peña, desde una ventana del primer piso en la esquina opuesta, el Museo de la Ciudad. Luego llegó el golpe militar, mi padre que comenzó a salir armado a la calle, cuando amigos de juventud y militancia socialista ( en tiempos de Alfredo Palacios) empezaron a desaparecer, pese a ser cincuentones y haber abandonado el activismo al formar familia décadas atrás. Trámites para abandonar el país y la bendita “ley del retorno”: la Agencia Judía en nuestro caso nos salvó el pellejo al otorgarnos pasajes que una familia obrera no podía pagarse. Seis meses más tarde de mi llegada a Israel un tío escribió como al acaso a mis padres: …”que suerte que se fueron Victor, acá llego una noche un camión del ejercito y se llevó a todos los pobres bolivianos que estaban viviendo en tu casa en el conventillo de Lavalleja…”

Bocetos para los cuadros “Síncope” y ” Desaparecido”, 1985 tinta sobre papel

Y en los últimos meses de preparativos, de trámites para llegar a un colegio internado en otra punta del planeta, se organizó un grupo de adolescentes destinados a esas instituciones. Allí lo conocí por vez primera a Claudio, sentados en una rueda de jóvenes organizada por Aliat Hanoar, el departamento.de Inmigración Juvenil. Entre los 15 y 17 años, cada chico y muchacha estaban entre sus propios miedos de separarse del nido paterno, sus despedidas de marcos y amigos, sus sueños e incógnitas en un sitio lejano y ajeno. Ni yo ni Claudio pertenecíamos a movimiento juvenil alguno, ni club ni centro comunitario o deportivo. Solitarios lobos jóvenes de la gran ciudad de Buenos Aires : yo entre los muelles de la Boca y mis estudios secundarios, entre pintura y conciertos gratuitos de Radio Nacional, y Claudio entre conciertos de rock que implicaban una postura disconformista frente a “los chetos” de la cultura de consumo. Recibió el apodo de “Tano” por las tupidas cejas que se unían sobre esos ojos color aguamarina. Actividades, charlas hasta bien tarde, quedarse a dormir unos en casas de otros del grupo en gestación. Para mí, de pronto, una nueva rutina y un nuevo entorno de gente de mi edad.¿Qué hacen los adolescentes que no hacen su vida en el mundo de los adultos? Van al cine no a ver Bergman o Kurosawa sino a ver 3 veces seguidas “El fantasma de la Opera” de Brian de Palma. O reunirse de noche con varias pizzas a tocar guitarra y cantar. Así que tuve que aprender letras de Sui Generis y otras canciones de la juventud de esos años, en lugar de pintar y escuchar Schoenberg o Scarlatti.

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CLAUDIO , Aquatinta, 1985

Llegaron hacia la partida los muchachos y muchachas del interior, el vuelo a través de mares y continentes, el shock de caer en otro país, con otra lengua, sin amigos, ni padres, ni conocidos, ni idioma. Llegar del verano y sus vacaciones a una noche lluviosa, fría y oscura. No como ésta, de un frágil tic-tac de gotas en la ventana, no; una mezcla de negrura nocturna, diluvio desatado y relámpagos que dejaban ver campos anegados y sin alambrar camino al colegio. Ya no recuerdo si era un minibús o bien la cabina del chofer estaba separada de donde íbamos nosotros, chicos entre asustados y nerviosos, aferrados a bolsos y valijas, frente a las miradas rapaces y las bromas de los sudamericanos que llegaron medio año antes y venían a recibirnos. El Tano sacó con ingenuidad un paquete de “Particulares” con filtro y pregunto: ¿Alguien fuma? Los veteranos no se hicieron esperar, en segundos le arrancaron el paquete y lo vaciaron a los gritos de “¡¡¡particholos!!!¡¡¡particholos !!!!”


Hubo no pocas aventuras y desventuras entre esa masa amorfa que se convirtió en grupo, en “Segundo proyecto sudamericano” del colegio internado. Pulsos entre los internos israelíes y nosotros, pulsos entre chicas y chicos, pulsos entre mucha hormona desatada. Terminó el invierno, llegó el verano, y con él conocimos un kibutz en el desierto del Neguev, donde nos presentamos para trabajar como voluntarios. La suerte estaba echada: ese sería nuestro hogar después del internado, y durante el servicio militar. Llego otro invierno y otro año lectivo, el ultimo del bachillerato. Con Claudio hubo un acercamiento, charlas abiertas, un arrojar las tripas y no poco sufrimiento y pus sobre la mesa. Él a ritmo de su flauta y yo a la de mis pinceles, hicimos lo posible, y no fueron tiempos fáciles ni felices. Adolescencia, identidad, convivencia, amores de estudiantes, y de pronto- luego de algún trabajo, paseo, y llegar al kibutz, y al ejército. Nuevamente un invierno, un período de instrucción bajo lluvias, barro y frío, y no poco comer espinas y ortigas. La lluvia borra las imágenes con calma paciencia, a ritmo lento y constante.


Y así llegó un 28 de marzo. Período de instrucción. Sin lluvia, día de sol tibio, viernes amargo. Sin salidas a casa, “el día de la tierra”, día de esperados disturbios. Difícilmente sabíamos aun después de 3 meses dominar las armas, pero el ejército tiene sus reglas, y emergencia lo es para todos. Más tarde sabría que para casi todos, y aun más tarde que solo para la minoría de soldados combatientes. De todos modos, y pese al monótono ritmo de las gotas, las imágenes toman velocidad y vértigo: Una llamada del sargento a formación, enjambre de reclutas de decenas de países del planeta en una Babel de gritos y miedo al castigo de no formar a tiempo, y de pronto Claudio cae en la arena, los ojos desorbitados, una muchedumbre que no deja ver qué pasa, gritos y mas gritos, el enfermero que viene corriendo, la camilla con el Tano, la ambulancia militar que parte velozmente, la incertidumbre y los rumores. Por la tarde nos lo dijeron, y un navajazo me cortó el aire. La carpa de campaña, armada con las mantas de Claudio y mía, adentro su bolso, su bolsa de dormir, su equipo. Sentir a la nada aspirar las tripas por dentro.


Luego el cementerio militar en Rishon LeTzion, la salva de balas de fogueo, Tali su novia que me abraza llorando, y yo, solo espectador hueco y vacío como un nido caído, como espantapájaros, sin capacidad de gritar o llorar o escapar. Pasan inviernos, lluvias, estaciones, hojas secas que el viento arrastra, y finalmente las gotas que continúan chocando contra el vidrio, mecánicamente, resbalando.
Fue hace 35 abriles, allá lejos en viejos capítulos vividos, un 28 de marzo.

 

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Acampando en la reserva natural Tel Dan, Sucot 1978.

 

(31/03/2015)- Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados

“El Proceso” y yo- mi refugio creativo

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Domingo de lluvia en La Boca, óleo sobre tablero,Colección privada, Italia

Decía Jean Paul Sartre en su ensayo “Sur la cuestion juive”, que al prohibir en la temprana Edad Media a los judíos trabajar la tierra, pertenecer a guildas y oficios, cofradías y todo marco laboral, no les quedó alternativa mas que el escape hacia lo universal: el conocimiento y el dinero. Saber, el saber amplio y profundo, el de la pregunta, la duda, y la discusión, el que rechaza las fórmulas y la verdad de turno. El que hará que un banquero o doctor sean aceptados en culquier corte, si estúpidamente son expulsados o perseguidos.

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Basílica de Lourdes, Santos Lugares, 1976, óleo sobre cartón

Pues bien, mi escape ante la realidad venenosa de la dictadura militar, mi refugio frente a la locura cotidiana, la angustia de salir a la calle sin saber si se retornaría, mi escape digo que también pasó por lo universal, por lo creativo: el arte. Esta burbuja me permitió respirar, ocupar mi cabeza con visitas a museos y galerías, con charlas con artistas y puesteros vecinos en la Feria de San Telmo, con poesía y cine, con conferencias de antroposofía y exhibiciones de arte moderno. Ir a pintar paisajes en el Tigre, La Boca o Santos Lugares, cuando había que viajar esquivando puestos militares o interrogado sobre adonde iba o para qué. Mostrar mi valijín con pinceles y óleos, el caballete plegable y el cartón, mas mi documento con 15 ó 16 años, dejaban boquiabierto a cualquier policía o militar: sin dudas estaba chiflado, pero de una locura no peligrosa para ellos, y así me dejaban pasar el control. Ser intelectual o estudiante era potencialmente subversivo y rebelde, ser pintor y  adolescente era simple patología mental.

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REMOLCADORES, pintura en sección áurea, 1977, óleo sobre cartón

Empecé a pintar a los 10 años, en un taller experimental de Eugenio Mariani para enseñar pintura al óleo a chicos. Era anarquista, autodidacta, y fiel discípulo del Taller Torres-García, del constructivismo uruguayo. Creía en la disciplina de trabajo, la autocrítica y la formación enciclopédica y multidisciplinaria. Las ideas de la Bauhaus del nuevo hombre renacentista, de alumnos que supieran pintar y construir casas o diseñar autos, era un sueño que, en su ignorancia académica y falta de  contacto con la pedagogía formal, lo convirtió en un maestro y mentor fuera de serie. Comencé a los 10 años a pintar al óleo, limpiar la paleta con espátula y aguarrás, ver reproducciones y leer las frases que Eugenio había puesto en cartelitos en las paredes de su taller “La Razón sola muere de frío y La intuición sola muere de fiebre”, ” Dios no existe, bien, pero vivir como si existiera”, “La armonía surge por la oposición de tensiones opuestas, como en el arco o la lira. Heráclito”.Pintábamos un grupo de 4 chicos todos los domingos de mañana en su taller, y recuerdo con alegría el pollo a la parrilla que preparábamos juntos: uno la ensalada, otro el carbón…mi placer era cuando me tocaba pintar el pollo con un grueso pincel con una mezcla de limón, ajo triturado y aceite…¡ Por vez primera percibía lo que querían los hablaban de unir Arte y Vida ! De todos modos era duro pintar mientras yo sabía que mis amigos jugaban al fútbol, se trepaban a los árboles o jugaban a las escondidas. El enojo de mi padre fue supremo, porque el valijín de pintura con pinceles y colores había costado una fortuna en términos de la economía familiar. Decidí darme una segunda oportunidad a los 13 años, pero Eugenio además de contento se mostró inflexible: cada 2 semanas encuentro en su taller como todos los alumnos, traer ( un mínimo) 3 cuadros al óleo por semana para crítica de trabajos, y además se discutía y debatía algún libro o párrafos que él elegía sobre pintura, arte, cine, o literatura. Visitó un día mi casa para ver mi pieza ( el altillo), donde pintaba. Tenía posters de veleros, banderines, una colección de llaveros. Me dijo que debía rodearme de cosas que ayudaran en lo creativo, objetos estéticos y que me gustaran. No simples reproducciones sino de artistas que me gusten. Leer poesía, novelas clásicas y escuchar música clásica. Que mi cuarto fuera un templo, porque allí yo pintaba, leía y oia música, allí yo alimentaba mi espíritu y por lo tanto, había que alejar todo lo banal, supérfluo o innecesario. Cada semana ir los viernes a ver galerías, y una vez al mes el Museo de Bellas Artes, a ver las nuevas muestras y visitar a Goya y Velázquez, a los impresionistas y los modernos.

Eugenio Constantino Mariani, anarquista, y pintor constructivista.

Así es como me introduje en la cofradía de los pintores, como quien ingresa a una orden de caballería, con mucho sudor, méritos y esfuerzo. Mas de una vez Eugenio me dijo que no avanzaba, que traía trabajos técnicos pero sin “espíritu”, que quizás la pintura no era mi senda. Yo redoblaba mi ritmo de trabajo, y quizás mi testarudez dió resultados. Cuando a los 10 años le fuí a avisar que abandonaba me dijo con la cara mas bondadosa “Que le vas a hacer Ricki, a veces nace un pintor…y a veces muere un pintor”. No estaba dispuesto a estar en ese lugar por segunda vez. Me comprometí con toda seriedad con el oficio de la pintura, leyendo, trabajando, persistiendo. Eramos 3 ó 4 alumnos que perseverábamos ( todos adultos y mayores que yo) pese a las exigencias, y en determinado momento Eugenio decidió que otro alumno, Miguel Angel Fabrizzio y yo, estábamos maduros para ir a mostrar trabajos, discutir con otros artistas y enfrentar el público y el mundo. Así nos mandó a presentarnos a la Feria de San Pedro Telmo, feria de anticuarios y artistas de la ciudad de Buenos Aires. El director del Museo de la ciudad, Arquitecto Peña, me aceptó, suponiendo que era mayor de 18 años, cosa que al parecer aparentaba. Exponíamos en una placita todos los viernes por las tardes en la esquina de Alsina y Defensa, detrás del Ministerio de Bienestar Social, sede del siniestro López Rega. Allí me conecté con otros artistas de la ciudad, que no entendían que hacía un adolescente con ellos, pero con la formación de Eugenio entendía, sabía y sobresalía en lo que no se tratara o discutiera. Hacíamos turnos para ir a un café cercano, porque la obligación era exponer de 13:00 a 15:00 allí para tener el derecho de exponer los domingos en la plaza de San Telmo. Pasamos tardes calentándonos con maderas prendidas en un barril de gasolina, a una cuadra de las primeras manifestaciones de madres de desaparecidos en la vecina Plaza de Mayo.

Exponer en la feria de San Telmo me acercó a parte de la bohemia de la ciudad, de historias de borrachos que recordaban a Onassis cuando lavaba platos en el puerto, de pintorescos personajes que vivían mas las hambrunas que el miedo a los militares. En la feria conocí y me conecte con Juan Daniel Habbeger, pintor crecido en una familia antroposófica. Sus padres fueron suizos que escaparon de la hecatombe europea, y se formaron en las enseñanzas de Rudolf Steiner. Con él comenzamos a salir a pintar paisajes, a hacer el tour de galerías una terminando de exponer los viernes, y por él llegué a conferencias sobre teosofía y al Instituto Goethe. Las conferencias eran tambien los viernes por la noche, en la Sociedad Médica Argentina, en la calle Santa Fé, y las combinaciones de subtes me permitían esquivar las patrullas militares. Por alguna curiosa causa, policías y militares se movían sobre la superficie de la ciudad, y el subte era un milagro de transporte sin demonios uniformados. Así yo salía los vienes temprano de casa, dejaba una bolsa de nylon con los cuadros a exponer a la tarde en casa de un amigo de división, el “chino” Fernández, que vivía frente al colegio. Al terminar al mediodía los estudios llevaba los cuadros e iba a exponer en Alsina y Defensa hasta las 17:00 hs., de allí a la vuelta de galerías con Habbeger y Fabrizio, compañeros de feria, y de las galerías de Florida y centro a la conferencia esotérica. Eran unos 7 u 8 adultos que en forma fija venían a las conferencias, y de allí, ya bien tarde, yo volvía a mi casa. En casa mi madre estaba con el corazón en la boca, pero entendía que era una rutina que me tenía bien ocupado. Lo pienso hoy y es surrealista que mientras yo exponía, pintaba, escuchaba disertaciones casi “underground” sobre el cuerpo astral, espiritual y físico, alrededor asesinaban, secuestraban y torturaban, a veces a una cuadra de distancia.

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EN EL BULÏN, en proceso, óleo sobre tela, 2006, 1 x 1,20 m.

Un domingo, yendo a pintar a la Boca, con Muiguel Angel Fabrizio, nos instalamos en la dársena de los remolcadores y pintamos bajo el sol invernal. A la tarde emprendimos el regreso, y de pronto nos salen al paso 2 soldados del arma de la marina. “¿ Quien les dió permiso para estar acá?” preguntó uno. Miguel, con buen humor provinciano dijo entre dientes “Mi mamá…” “¿Que dijiste pelotudo?” y nos encañonaron con los fusiles FN. “No oficial, no sabíamos que estaba prohibido. Venimos a pintar todos los meses, cuando hay sol…” “¿ No vieron que pasan por un puesto militar?”. Nos dimos vuelta y vimos un garito de vigilancia, y un mástil a unos metros. Lo cierto es que nunca le prestamos interés, supusimos que era un depósito o kiosko. “Documentos, a ver…” Cuando veían que yo era menor, inmediatamente hablaban con Miguel Angel “Toménsala de acá los dos, la próxima que se metan en jurisdicción militar les rejusilamos el ojete !! ¿ Entendido?” ” Sí ,mi oficial, ” y así salvamos la situación. Con unos libros íbamos a comer vidrio molido, pero con equipo de pintar… nadie sabía bien que hacer con nosotros. Desde siempre que la locura es algo que atemoriza, quizás sea contagioso.

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Con Habbeger llegué a conocer y ser socio del Instituto Goethe de Buenos Aires. En los años 70 las novedades culturales llegaban del hemisferio norte con un a década de atraso, y eran contados los artistas que iban y venían a Nueva York  o Londres. Por ello llegar al Instituto Goethe y tener la posibilidad de sacar prestados discos con grabaciones de la Deutsche Gramophon, o libros de arte excelentes, o ver exposiciones de arte expresionista, o un ciclo de cine de Fritz Lang…era un lujo. EL único gran “pero” a este templo idílico de la cultura en el sur austral era su público. Entramos la primera vez con Juan Daniel Habbeger y había una docena de personas, jóvenes y adultos. Ladraban todos en alemán, y al entrar nosotros se hizo silencio y todos nos dirigieron miradas inquisidoras, curiosas. Digamos que ni él ni yo éramos unos indígenas ( con una neta genética centroeuropea), pero frente al grupo homogéneo de rubios, éramos sin dudas extranjeros. No es que olieran a un judío, pero sentían que éramos bichos ajenos, no de sus clubes, colegios y casas. Si en el Instituto Goethe de Tel Aviv los clientes son los alemanes y austíacos que escaparon de los nazis, en Buenos Aires eran los nazis que escaparon. Por miles. Esa era la ciudad en la que crecí, entre arte, multiples culturas y comunidades por un lado, y criminales sueltos, y su prole por otro. Maravillas y contradicciones, todo en la prensa lenta y perversa del gobierno militar.

Poder disfrutar de grandes lienzos de Goya y Lucientes, de cafes centenarios y gente cálida, de tango y poesía, de las tradiciones de “il buon mangiare”, de la ciudad del Plata que quizo ser París, pero mas pícara. Y encontrarse en instantes después en manos de unos sádicos, ladrones e ignorantes miembros de las fuerzas de seguridad, sin saber si llegaremos sanos y salvos a nuestar casa. Una ciudad que quiso ser capital del Plata y ejemplo del continente, un país que alguna vez fuera tierra de promisión para inmigrantes. Un lugar marvilloso en su potencial, donde se iba a escribir uno de los capítulos mas perversos de su infame historia. Yo por de pronto conocí esa ciudad de cines, teatros y cafés desde terrazas y muelles, desde rincones casi olvidados hasta que un apunte o cuadro los rescata, les dá nueva vida y contexto. Y mientras a mi alrededor gente moría y desaparecía, yo me sumergía en la burbuja de lo creativo, para conservar el sano juicio y sobrevivir otro día mas. Hasta poder escapar lejos, sin estado de sitio, ni piquetes militares.

En la Feria de San Telmo, un domingo de agosto de 1976.Still de Jaros_ detras Perez Celis

En mi puesto en la Feria de San Telmo, 1976. Detrás mío el artista y expositor Perez-Celis.

 

VECINOS DE LA CALLE CAMARGO, óleo presentado al Salón de San Fernando, 1977

Han pasado 40 años del golpe, y lo logré sobrevivir. De un modo muy peculiar para mi entorno y mi casa, para un joven estudiante, hijo de una niña del Holocausto y un luchador antinazi. Pero paralelamente a la supervivencia hubo una formación, una educación muy especial. Todo sucedió a la par, el peligro, la infamia, la creación.Al 40 aniversario de ese golpe de estado, elijo no rememorar la impunidad ni los crímenes, sino la supervivencia del espíritu, las estrategias para pasar tiempos oscuros sin perder la condición humana.

Ricardo Lapin © 2016 Todos los derechos reservados